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La libertad de crear y otras grandes batallas femeninas actuales

04/10/2017 6:00 AM CDT
jeffbergen

De vez en cuando me suelen preguntar por qué escribo con tanta frecuencia sobre la posibilidad de contraer matrimonio, tener hijos o en general, seguir ese cronograma tan medido que nuestra cultura crea con cierto cariz de obligatoriedad para la mujer. ¿Qué intento lograr cuando una y otra vez, profundizo, busco respuestas sobre la forma como la sociedad asume la identidad femenina? Bueno, esa es una pregunta interesante. Que también tiene, claro, unas cuantas respuestas interesantes.

Para empezar, soy mujer. Parece obvio  — incluso simplista —  que esa sea buena razón para escribir sobre el tema, pero en realidad no lo es tanto. Creo que la palabra es el reflejo fidedigno del mundo del autor — de manera directa o en símbolos y metáforas —  y por lo tanto, escribo sobre lo que soy, lo que sé y como miro el mundo.

Escribo sobre lo que me afecta, sobre lo que me preocupa y, sobre todo, sobre lo que ejerce presión en mi identidad. Y crecí en una sociedad machista. En una donde llevar la falda muy corta hace que te ganes una etiqueta insultante o las decisiones sobre tu cuerpo pueden afectar la manera como te percibe quienes te rodean. Donde existe aún expectativas muy claras sobre lo que la mujer puede hacer — o no —  y sobre las exigencias a las que se somete por el solo hecho que hay un papel histórico que intenta limitar quienes somos o cómo nos percibimos.

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De manera que asumo necesario escribir sobre la mujer con respecto a cómo me afecta serlo. Lo que me abruma, lo que me lastima. Lo hago, además, intentando lidiar con los estereotipos, los esquemas, los roles y tópicos. Porque a fin de cuentas, nadie puede definir exactamente qué es una mujer o como debe comportarse  — como tampoco qué es en realidad un hombre o qué decisiones debe tomar sobre su vida —  aunque la sociedad lo intente con enorme frecuencia. Aunque imagine límites y fronteras inexpugnables para hacer más sencillo comprender tu identidad frente al espejo social.

Intento interpretarme como la mujer joven que soy, pero también, como la mujer que aspiro ser en el futuro. Y entre todas esas cosas, esas pequeñas ideas y otras reflexiones, quiero hablarle a las mujeres como yo. A las que no encajan en ninguna parte. Las inconformes, las fastidiosas, las irritantes, las preguntonas. Las de libre pensamiento, las que se enfrentan todos los días a ese papel histórico que intentó decidir incluso antes de su nacimiento su lugar bajo el sol. Las que no encajan en ningún tópico cultural  — no al menos, uno sencillo —  y que tampoco quieren encajar.

Pero no es la única razón por la que escribo sobre mujeres, para mujeres, desde el punto de vista de una mujer. Lo hago, porque es necesario. Lo hago porque durante muchísimo tiempo las mujeres fuimos invisibles. Como la magnifica Mary Wollstonecraft, quien vivió una vida intensa y extraordinaria y hoy poquísima gente la recuerda. O la filósofa Simone Weil, quien creó toda una visión sobre lo femenino y sus alcances.

Tantas mujeres que desaparecieron como arrasadas por una ola de anonimato. ¿Quien recuerda ahora a Lady Ottoline Morrell? Esa mecenas que se enfrentó en solitario a los escombros del siglo XIX en pleno albor del racionalismo y brindó refugio a muchas de las grandes mentes inglesas de la primera mitad del siglo XX. O a la cuasi anónima María Lejárraga, esposa del dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, que por años escribió para su esposo éxitos literarios sin reconocimiento alguno. O esa trágica Camille Claudel, desaparecida y consumida para siempre en la memoria ingrata del arte misógino.

Hay algo de primitivo, de anecdotario de tribu, eso de sentarme a escuchar y luego escribir sobre las mujeres que conozco.

Así las cosas, creo que es una buena razón escribir para mujeres y sobre mujeres, sobre los temas de las mujeres, para recobrar el nombre de tantos rostros que abrieron el camino que ahora recorremos muchas, de las que asumimos es natural pero que por mucho tiempo fue una batalla perdida. Escribo para devolver el nombre a toda esa galeria de heroínas silentes que crecí admirando y queriendo.

Pero por supuesto, escribo sobre mujeres porque aún es necesario hacerlo. Porque aún es imprescindible continuar contando historias. Las mías, las tuyas, las de tantas desconocidas que recorren el mismo camino que yo y que quizás, nadie escucha.

Hay algo de primitivo, de anecdotario de tribu, eso de sentarme a escuchar y luego escribir sobre las mujeres que conozco. Contar sus escenas, describirlas lo mejor que puedo. Analizar el mundo desde nuestra perspectiva y crear un ambiente amplio donde debatir. No se trata claro, de escribir de mujeres atacando a lo masculino, sino de hablar de mujeres asumiendo que somos parte de una cultura, en nuestra diferencia, en esa fortaleza heredada por siglos de privaciones culturales y sociales. Somos la nueva generación de las cuentacuentos.

Somos la nueva generación de brujas, mujeres salvajes que levantan los brazos por saberse libres, por aspirar a la libertad y sobre todo, para crear en independencia. Somos la nueva generación de mujeres visibles, dispuestas a crear. Y eso, hay que celebrarlo. Papel y lápiz en mano.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.