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Entre canas y dolores: el dilema de envejecer

15/03/2017 5:54 AM CST | Actualizado 15/03/2017 9:24 AM CST
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Pedro Ribeiro Simões

La mayoría de los comerciales que anuncian productos cosméticos comienzan con una chica de piel inmaculada que se contempla en el espejo. Con toda seguridad, no alcanza la veintena. Pero a pesar de toda su evidente plenitud física, contempla su imagen un poco preocupada. Resulta obvio que no está satisfecha con lo que ve en el reflejo. De pronto, aparece junto a ella un frasco de un producto de belleza, que abre con una emoción palpable.

A continuación se aplica un ungüento perlado  — que siempre tiene la misma textura y aspecto en cualquier comercial —  sobre las mejillas, la comisura de los labios y el cuello. Y ocurre el prodigio publicitario: la belleza extraordinaria de la chica se hace aún más extraordinaria. La piel brilla con un fulgor casi irreal y los rasgos perfectos se acentúan por algún tipo de efecto desconocido. Cuando mira hacia el hipotético espectador, la chica sonríe aún con más ganas, sosteniendo el producto milagroso.

De alguna u otra manera, todos asumimos que esa imagen radiante es real. Nos gusta creerlo además y supongo que esa es la base de toda la industria publicitaria. Pero hay algo temible en esa noción de la belleza perdurable y carente de edad como una esperanza real a la cual debemos aspirar. Por supuesto, lo preocupante es que se trata de una percepción tan popular que termina desvirtuando la idea general que tenemos sobre el envejecimiento, las imperfecciones físicas e incluso ideas tan sutiles como la idea de la individualidad.

Hemos llegado a normalizar el hecho que el atractivo físico es en realidad un requisito determinante para el éxito cultural y social.

Pero ocurre con tanta frecuencia que hemos llegado a normalizar el hecho que el atractivo físico es en realidad un requisito determinante para el éxito cultural y social. Sobre todo, en una época como la nuestra, obsesionada con el culto a lo bello que suele traducirse como un tipo de prejuicio muy concreto Porque actualmente la belleza se exige, se demanda y se toma por necesaria. Estandarizada y sometida a una única visión de lo estéticamente admisible, lo atractivo — o lo que se insiste debe serlo — forma parte de una idea que se hace consumible. Un mundo comercial donde lo que asume hermoso es una premisa incontestable y más allá, una elaborada idea sobre nuestra propia sociedad.

En una ocasión, una amiga con quien comenté el tema, pareció muy sorprendida cuando le dije que no me preocupaba mucho tener arrugas en un futuro o incluso, que alguien pudiera adivinar mi edad solo por mi aspecto.

—¿No te pone nerviosa eso? — me preguntó escandalizada.

—¿Por qué tendría que hacerlo? La edad es inevitable. Y además, tu aspecto físico es la consecuencia directa de quien eres y cómo has vivido.

—Eso lo dices ahora.

—Eso lo diré en cualquier momento. Envejecer no es una vergüenza, es una etapa natural.

Actualmente la belleza se exige, se demanda y se toma por necesaria.

Teníamos más o menos veinticinco años al momento de sostener ese extraño diálogo. Mi amiga me miró con los ojos muy abiertos y espantados. Y en ese justo momento tuve la impresión que por primera vez en su vida, consideraba la idea que tendría que envejecer. Que a pesar de lo que hiciera, el tiempo transcurría en un ciclo natural. "¿Nunca lo había considerado antes?" me pregunté después y me llevó un poco de esfuerzo asumir que quizás nunca lo había hecho gracias a la idea a esa imagen real que nuestra cultura sostiene sobre la plenitud física. Porque se admita o no, la obligación en la belleza y la juventud está en todas partes.

La sociedad te exige  — no hay medias tintas en ese planteamiento —  que seas joven y bella. Ocurre a diario. Y no hay excepciones. Tal pareciera que esa visión sobre lo que la mujer  — o el hombre, aquí no hay diferencia —  puede o no ser, forma parte de una idea general incompleta que se insiste es real.

Provengo de una familia donde las mujeres envejecen y encanecen. O mejor dicho, no les importa que suceda. Lo disfrutan de hecho, con esa noción que la vejez es un tránsito físico más que la ruptura de una imagen estética concreta. Lo pienso mientras miro la que creo es mi primera arruga: un pliegue de piel casi imperceptible en mi frente. Hace unas semanas, también descubrí una cana fugitiva que contemplé con cierta fascinación al peinarme.

Hay algo dulce e incluso melancólico en esos primeros signos del transcurrir del tiempo, ese tránsito hacia quienes seremos, ese proceso biológico inevitable hacia la vejez. Y lo asumo así, como parte de una serie de intrincados temores y esperanzas que heredamos de la cultura y más allá, de esa noción de identidad que consumimos de manera inevitable cada día y quizás sin saber en realidad por qué. Me gusta pensar que soy mi propia historia, quizás.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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