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El peligro invisible de la cultura de la violación

10/05/2017 5:34 AM CDT | Actualizado 10/05/2017 8:35 AM CDT
Getty Images/iStockphoto
"Mientras tanto, la cultura de la violación parece continuar su gradual avance: la publicidad insiste en mostrar a la mujer objeto, accesible y sexualizada".

La palabra "violación" provoca una profunda incomodidad, sobre todo en nuestro continente en el que aún se continúa culpabilizando a la víctima y justificando al agresor. No se trata de un pensamiento sencillo, mucho menos cómodo pero sí, realista. En la mayoría de los países latinoamericanos, la agresión sexual se analiza desde el terreno confuso del debate de género y el peligroso matiz de un crimen objetivo. Entre ambas cosas, hay un peligroso espacio en el que la agresión parece disimulada por toda una distorsionada interpretación de la violencia.

La primera vez que me enfrenté a ese inquietante concepto, fue cuando cursaba el tercer año de mi licenciatura en leyes. Uno de mis profesores me envió junto a mis compañeros a una de las subdelegaciones de la antigua Policía Técnica Judicial con la intención que, como futuros abogados, conociéramos de primera mano cómo era el ambiente judicial del país. Un día, una mujer joven llegó a la oficina en la que trabajaba. No estaba golpeada, al menos de manera visible. Tenía la ropa limpia y ordenada. Cuando se sentó en la silla frente al escritorio del oficial de guardia, parecía inquieta, pero no asustada.

—Quiero denunciar una violación —  en un hilo de voz.

Intenté imaginar el pánico de la muchacha, el horror, sus gritos. No me atreví a hacerlo.

Me encontraba a unos metros de distancia y levanté la cabeza, sobresaltada. En cambio, el oficial detrás del escritorio no levantó la cabeza para mirarla. Tomó el cuaderno de novedades y lo abrió con un gesto perezoso. Le hizo las preguntas de rigor en un tono duro, directo. Las mujer las respondió todas. Las manos apretadas sobre las rodillas. Los hombros encorvados. La observé con disimulo: era una chica joven y atractiva, de unos veintitantos. No lloraba. Pero cuando el agente le preguntó qué había ocurrido, contrajo el rostro.

—Estábamos en una fiesta — contó —  tomamos juntos. Me ofreció llevarme a mi casa. Pero me llevó a un callejón cercano. Estacionó el carro y empezó a tocarme. Grité, pero no me soltó. Me arrancó la ropa a golpes y me... violó.

Apretó los labios. De pie, medio escondida entre los archivos, sentí miedo. Por lo que contaba, por ella, por mí. Recordé todas las veces que en la universidad, un compañero que apenas conocía me había llevado a mi casa. Intenté imaginar el pánico de la muchacha, el horror, sus gritos. No me atreví a hacerlo.

¿Hasta que punto somos conscientes de la gravedad de esa percepción sobre la violencia?

El agente escribió todo. No levantó la cabeza mientras lo hacía. Cuando lo hizo, arrojó el lápiz sobre el escritorio. Cuando ella comenzó a llorar, el oficial simplemente se levantó del escritorio. Creí que buscaría un vaso de agua y se lo extendería o le daría una servilleta para que se limpiara la cara. Pero simplemente se levantó y se fue. La dejó llorando a solas, con los hombros encorvados. Temblando de un miedo, a solas en medio de aquella oficina árida y helada, escandalosa. De pronto, se levantó y con los brazos apretados contra el pecho y paso rápido, salió de la oficina. La miré alejarse calle abajo, confundida entre la multitud. Doblé su denuncia y la archivé, aunque sabía que carecía de valor legal alguno. La muchacha no había llegado siquiera a firmar la hoja.

Nunca olvidé el pánico que me produjo la escena. Todas las veces que la he recordado con el correr del tiempo ha sido con el dolor real que me supuso comprender que en Venezuela la violación no es solo un acto de violencia, sino también una opinión social. Una interpretación del papel de la víctima dentro de la agresión que puede convertirla en culpable de la violencia que sufre. Por cómo luce, se viste o se comporta. Como si la violencia sexual fuera un castigo directo por transgredir la idea de decencia que aún parece encontrarse vigente en la actualidad. Una cultura que normaliza la agresión sexual con una facilidad desconcertante. ¿Hasta que punto somos conscientes de la gravedad de esa percepción sobre la violencia? Quizás nunca lo seremos lo suficiente. Y esa es una posibilidad que abruma por sus implicaciones.

Una idea difícil de asimilar, me digo. Y mientras tanto, la cultura de la violación parece continuar su gradual avance: la publicidad insiste en mostrar a la mujer objeto, accesible y sexualizada, que se muestra como un objeto de disfrute en un mundo de hombres. Noticias y titulares difunden en tono casi burlón agresiones sexuales de enorme gravedad, como si se tratara de un juego malicioso y erótico. Más allá, la idea de la sexualidad parece distorsionarse hacia algo más peligroso y que coloca a la mujer como la victima propiciatoria de un tipo de violencia que muchas veces no puede evitar, sino además es incapaz de entender a cabalidad.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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