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El manual de uso de la mala feminista

16/08/2017 7:00 AM CDT | Actualizado 16/08/2017 11:22 AM CDT

Coco Flamingo
"A diario, el persistente cuestionamiento sobre lo que debe o no ocupar — e interesar —  al feminismo, se transforma en una batalla dialéctica incómoda".

El feminismo no atraviesa un momento sencillo. Durante la última década, el movimiento ha recibido un tiempo de atención mediática tan descomunal que lo somete a un escrutinio público desde todos los extremos posibles. Y eso incluye, por supuesto, los objetivos e implicaciones del movimiento.

A diario, el persistente cuestionamiento sobre lo que debe o no ocupar — e interesar —  al feminismo, se transforma en una batalla dialéctica incómoda. Lo recordé cuando hace unos días, una amiga me preguntó cuándo pensaba escribir sobre la menstruación. Por meses, ambas hemos discutido la importancia de debatir en público temas femeninos y sobre todo, de hacer muy visible la identidad de la mujer moderna como parte de una nueva idea cultural sobre ella.

De manera que me llevó un momento digerir la cuestión y decidir cómo responder de manera que no pareciera subestimar su propuesta o algo semejante.

— Creo que no muy pronto —  le confesé en voz baja.

 — Pero hablas sobre sexualidad y la maternidad.

 — Sí, pero...

— La menstruación es sagrada.

— Lo es, sin duda. Para muchas culturas e incluso desde cierta retrospectiva histórica, la menstruación se considera un símbolo de divinidad  — le contesté —  pero no creo que tenga mucha relación con lo que me interesa ahora mismo. Quiero debatir sobre los derechos de la mujer, el salario justo, la postura de Engels.

—¡Pero la menstruación es femenina!

 — Es un proceso físico.

 — Es una idea machista esa.

Tomé una bocanada de aire y traté de ordenar los argumentos en mi cabeza.

Aspiro a la inclusión porque la merezco, es un mi derecho y no específicamente porque considere que mi cuerpo  — o mis genitales, si vamos al caso —  me definen o invocan un trato especial.

— Como yo lo veo, que yo menstrúe no me hace merecer más o menos derechos. Quiero obtenerlos porque soy un ciudadano capaz, preparado, inteligente que merece ser reconocido desde un punto de vista inclusivo  — le expliqué, intentando no sonar pontifical ni mucho menos sermoneadora. Pero seguro que soné ¿a quién engañamos? — lo que quiero decir es que la menstruación no es un motivo para defender mis derechos. El hecho que a pesar de las particulares de mi cuerpo, pueda aspirar a derechos idénticos, sí lo es.

Por supuesto, he sostenido la misma discusión en el pasado y casi siempre, provoca incomodidad. Hay quien se escandaliza por mi "tibieza", otros por mi "comodidad" y los menos, se preocupan por mi punto de vista "sencillo". Sobre todo en una época donde el feminismo parece tan innecesario como obsoleto, pero sobre todo, carente de significado y necesita replantearse desde la complejidad.

— Lo que quiero decir es que la menstruación debería ser respetada en toda su extensión, asumida como una parte elemental de la capacidad femenina para concebir — me insistió mi amiga. Comenzaba a enfurecerse, aunque hizo un buen intento por parecer impaciente más irritada. Uno no muy bueno, por cierto — menstruar es la celebración de nuestro ciclo divino. Es poder femenino.

No supe qué responder a eso sin parecer chocante, grosera o simplemente hipócrita. Me niego a pensar que sea necesario que la lucha por los derechos de la mujer se base en una particularidad anatómica de mi cuerpo debería ser preponderante al momento de elaborar una idea política y social sobre género. ¿Suena contradictorio? No lo es. En la medida que los afrodescendientes no reivindicaron sus derechos por el hecho de tener la piel oscura sino porque eran ciudadanos a pleno valor y merecían un reconocimiento absoluto. O bajo el argumento que la comunidad LGTB no aspira a la convalidación de sus aspiraciones legales basados en el género, sino en su identidad individual como sujetos legales bajo el imperio de la legalidad.

Mientras insistamos en que la lucha por el reconocimiento deba basarse en la diferencia y hacer hincapié en esa idea, será una forma de crear una idea distorsionada sobre lo que queremos obtener.

En otras palabras: aspiro a la inclusión porque la merezco, es un mi derecho y no específicamente porque considere que mi cuerpo  — o mis genitales, si vamos al caso —  me definen o invocan un trato especial.

— Pienso que en la medida que asumamos con naturalidad nuestras diferencias y las desacralicemos, seremos capaces de asumir que nuestro cuerpo merece tanto respeto y es tan libre como lo imaginemos — dije, no muy segura de aquel argumento pero intentando expresarlo lo mejor posible — Pero... mientras insistamos en que la lucha por el reconocimiento deba basarse en la diferencia y hacer hincapié en esa idea, será una forma de crear una idea distorsionada sobre lo que queremos obtener.

No es una idea popular esa. Sobre todo, porque se sostiene sobre cierto pragmatismo y ninguna declaración de derechos o batalla reivindicatoria lo es. Mucho menos, cuando la reflexión sobre el tema de la mujer y sus derechos se ha hecho tan extremista y radical. O al menos, ha construido una vertiente lo suficientemente frontal y casi violenta como para resultar frecuente.

— El problema de las luchas es que carezcan de rostro — dice entonces mi amiga. Lo hace en un tono cansado e irritado. Como lo supuse, la conversación no terminó bien — es mejor que sea algo personalizado. Y sí, divinizado, profundo. ¿No hemos sido ignoradas por el suficiente tiempo?

— Sí, pero también declaramos nuestros derechos por el mismo hecho que nuestra visibilidad pasa por la idea que reclamamos inclusión e igualdad. ¿Cómo hacerlo si nos declaramos superiores, más santas, más... cualquier cosa? ¿No es una contradicción?

No hay respuesta para eso, creo y mi amiga no intenta dármela. Cuando nos separamos, la tensión de la conversación continúa allí. Como si la discusión careciera de sentido o aún peor de lógica. O incluso fuera directamente irreconciliable. Me lo pregunto más tarde, mientras pienso detenidamente sobre quiénes somos y el cómo somos. Sobre los motivos por los cuales me llamo feminista.

¿Soy tibia? ¿Muy política? No lo sé, pero por ahora, seguiré luchando por lo que creo justo y tratando de mantener en el trayecto cierto equilibrio. Dudo que lo logre por mucho tiempo. Después de todo, nadie puede ser objetivo siempre y mucho menos, alguien tan temperamental como yo . Pero al menos, lo intentaré mientras pueda.

Y eso, créanme, tiene su mérito.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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