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El enemigo de muchos rostros al que nos enfrentamos las mujeres

29/11/2017 7:00 AM CST | Actualizado 29/11/2017 9:47 AM CST

SIphotography via Getty Images
El machismo está en todas partes. Toma todo tipo de rostros y expresiones, se normaliza hasta considerarse parte de lo que asumimos necesario e incluso, evidente.

Hará unos días atrás, la tuitera @anaisbernal recopiló en un hilo de Twitter comentarios machistas que todas las mujeres han enfrentado antes o después en algún momento de su vida.

El debate, que comenzó con un sencillo análisis de las agresiones verbales machistas, se transformó en una larga lista de percepciones sobre la mujer en nuestra época a través del filtro del conservadurismo, el menosprecio y sobre todo, la cultura patriarcal. Una alegoría involuntaria sobre la forma en que nuestra cultura y sociedad continúan analizando el rol y la figura de la mujer pero sobre todo, la manera en que la cultura premia y sostiene una visión agresiva acerca de lo femenino. Frases que cuestionan desde la inteligencia de la mujer, su integridad ética, independencia física y moral, burlas, ataques a su aspecto físico hasta amenazas directas, se han hecho tan habituales que resultan casi invisibles dentro del lenguaje cotidiano.

El hilo  — con toda su inofensiva apariencia de conversación virtual— demostró una vez más que el machismo aún forma parte de nuestra cultura de manera intrínseca, real y evidente. Una peligrosa noción sobre la normalización de la violencia machista que inquieta por su frecuencia y normalización.

Cuando era una niña soñaba con ser escritora. Tanto y de tantas formas que en ocasiones, parecía una obsesión. Y no solo se trataba de la maravilla de la lectura, sino también de la posibilidad a través de la palabra. Por años, escribir se convirtió en mi refugio, en la forma en que comprendía el mundo. Empecé a narrar historias sin saber lo que hacía pero segura que deseaba seguir haciéndolo. Que el sueño de contar el mundo a mi manera podía ser un buen futuro para mí.

Tenía diez años cuando mostré uno de mis cuentos a un adulto, un amigo de la familia que por entonces, trabajaba en un periódico del país. Se lo mostré con las manos temblorosas, aterrorizada. Él sostuvo las hojas entre las manos y me miró con una sonrisa y me preguntó de qué se trataba. Le dije que era una historia que había imaginado y que me había llevado semanas completar. El hombre suspiró, plegó el delgado fajo de papel y me lo extendió de nuevo.

—Las mujeres no están hechas para escribir  — dijo en voz baja y en apariencia amable —  sino para concebir.

 — Pero yo escribo.

 — Ya se te pasará.

 — Pero...

Él dejó de prestarme atención. Simplemente se puso en pie y me ignoró, saludando en voz alta a mi madre y poniendo muy en claro, que la conversación había terminado. Me quedé con las hojas en la mano y sentí mucho miedo, una angustia que ahora mismo me produce un profundo dolor. Porque el pensamiento que tuve era que yo quería escribir, con tanta desesperación que no pensaba otra cosa. Que era lo que más deseaba en el mundo.

Pasaron años antes que me atreviera a enseñar lo que escribía a alguien más y cuando lo hice, estaba aterrorizada. Se trataba de una de mis profesoras universitarias y me miró preocupada cuando le extendí con la mano temblorosa un corto cuento que deseaba pudiera leer. Me sorprendió que lo sostuviera con respeto, que leyera las primeras líneas con atención.

— ¿Por qué estás tan asustada?

 — Una vez alguien me dijo que las mujeres no escriben.

Me miró por encima de sus anteojos de lectura. Suspiró y extendió la mano para tomar las hojas que le extendía. Luego sonrió con una inesperada calidez que me conmovió.

 — Las mujeres escriben. Y lo hacen extraordinariamente bien, que no se te olvide. ¿Quién te dijo semejante cosa?

 — Un señor...

 — Un hombre machista.

Parpadee. No supe que decir a eso ni como responder. Por ingenuo que parezca, hasta entonces no había ponderado la idea que los comentarios de aquel amigo de mi familia me dedicó, pudieran tener origen en el tradicional machismo latinoamericano. Me quedé muy quieta, preguntándome en silencio cómo había aceptado una frase semejante y con tan enorme facilidad. Mi profesora suspiró con tristeza, como si pudiera leer mis pensamientos con suma facilidad.

 — El machismo es parte de nuestra cultura, pero eso no quiere decir que no debemos combatirlo  — dijo mi profesora —  nunca lo olvides.

No lo olvidé, por supuesto. Lo he recordado a lo largo de los años, cada vez que debo enfrentar el machismo del continente donde vivo. Las frases malsonantes, el menosprecio craso y directo a mi capacidad e inteligencia por el mero hecho de mi género.

Lo recuerdo en todas las oportunidades, en que me tropiezo con esa sutil pero evidente capacidad de nuestra sociedad para subestimar el carácter de lo femenino y el comportamiento de la mujer a través de todo tipo de presiones y obligaciones sin otro asidero que el conservadurismo duro y puro. En todas las ocasiones, que un hombre llama a una mujer "puta" por comportarse en su vida sexual exactamente de la misma manera en que él lo hace. En todas las veces en que a una niña se le maltrata con limitaciones y prejuicios que acotan su capacidad de decisión sobre lo que hace, dice o incluso su aspecto físico.

En nuestra cultura, el machismo está en todas partes. Toma todo tipo de rostros y expresiones, se normaliza hasta considerarse parte de lo que asumimos necesario e incluso, evidente. Una visión sobre la discriminación que golpea de manera invisible, que se hace cada vez más dura de comprender y manejar. Y que continúa siendo necesario combatir.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.