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De la lucha ideológica al vello axilar

29/03/2017 7:00 AM CST | Actualizado 29/03/2017 7:00 AM CST

Nick Purser
"Vale la pena continuar demostrando que el feminismo es una manera de comprender no solo el papel de la mujer a través de la historia, sino además su verdadero valor".

No es sencillo ser feminista en un continente como el latinoamericano. Mucho más, cuando la mayoría de las ideas que se relacionan con la palabra son negativas e incluso, directamente insultantes. Hace unas cuentas semanas alguien me aseguró que todas "las feministas tienen un reconcomio directo contra los hombres, que creo evidencia falta de alguna actividad sexual". Para rematar, el interlocutor me aclaró que "estaba muy harto del complejo de inferioridad de las mujeres", con lo cual parecía resumir lo inútil que le parecía cualquier tipo de debate sobre la inclusión y la igualdad de género.

Como es de suponer escuché todo aquello con una sensación de asombro e irritación. Me pregunté dónde encajaba yo allí. De la misma manera que para buena parte de las mujeres que conozco y que apoyan el feminismo la idea es básica: el movimiento no es una guerra emocional e intelectual contra los hombres. Una lucha por aspirar a la inclusión legal y cultural que merecemos como ciudadanos y no por el hecho específico de mi género. Aspiro a los mismo derechos que cualquiera porque los merezco.

Claro está, luego de años de lidiar con críticas, insultos y sobre todo ignorancia con respecto a lo que el feminismo puede ser  — o no — , me sorprende muy poco esa percepción y es hasta cierto punto lógica: hay una enorme distorsión con respecto a la esencia de cualquier movimiento o idea sobre la defensa de los derechos de las mujeres alrededor del mundo.

Aspiro a los mismo derechos que cualquiera porque los merezco.

Se le tacha de innecesario, violento, extremista, autoindulgente y la mayoría de las veces, retrógrado. Conozco las campañas de "odio hacia lo masculino" propugnada por varias ramas extremistas del movimiento, que acusan con el dedo extendido a todos los hombres por lo que llaman "subyugación moral". Pero el feminismo es mucho más que eso. Al menos, como lo comprendo y debo decir que luego de casi dos décadas de convencido activismo, sé muy bien cuales son mis aspiraciones políticas e ideológicas. Lo he analizado con tanta profundidad como para que formen parte de mi vida y también, como para sacar algunas conclusiones al respecto.

Nunca es sencillo luchar contra la corriente. Para empezar, soy feminista en un país lo suficientemente machista como para que resulte incómodo. Todas mis opiniones sobre el punto de vista femeninos o el rol de la mujer chocan con frecuencia contra la dura pared de años de discriminación por tradición y cultura. Durante buena parte de mi vida académica y profesional me enfrenté a miradas de reojo, risitas bajo cuerda y cejas levantadas cuando pronuncio en voz alta la temida palabra "feminista". Justo por el hecho que de pronto — y exactamente no supe cuando — la palabra se convirtió en una grosería, en una ofensa hiriente e incluso, en un teorema burlón. Algo como que ¿Eres feminista? ah vaya, que profunda tu causa con axilas velludas y senos feos al aire. ¿Por qué no hay feministas bonitas? ¿Por qué todas son gordas? ¿Por qué no hay feministas que admitan les gusta el sexo? ¡Vamos caramba, admítanlo!

La mayoría me pregunta si me afeité los brazos ese día o si el "hembrismo" me dejó vivir otra semana.

Lo que ocurre es que el feminismo no es una idea simpática. Se enfrenta a tantas cosas a la vez, que es obvio y notorio que tropezará con alguna que se considere sagrada y sobre todo, de esas que la sociedad considera inamovible. Una mujer que desea reclamar derechos y responsabilidades se enfrentará a la educación que le dieron en casa, a la cultura que le rodea e incluso a la religión que profesa la mayoría, no es sencillo. Se trata de una idea que conozco muy bien: soy respondona y malcriada por naturaleza y eso, combinado con una idea política, puede resultar realmente irritante y fastidioso. Y admito que lo soy.

Me gusta debatir los planteamientos, desmenuzarlos en palabras y reflexiones. Pero a casi nadie le gusta seguirme el paso. La mayoría me pregunta si me afeité los brazos ese día o si el "hembrismo" me dejó vivir otra semana. Casi siempre termino quedándome callada de puro aburrimiento. ¿Quién no lo haría? Se trata de un debate interminable y casi siempre insatisfactorio.

Pero por supuesto, vale la pena insistir. Vale la pena continuar demostrando que el feminismo es una idea, un planteamiento de convivencia, una manera de comprender no solo el papel de la mujer a través de la historia, sino además su verdadero valor. A pesar del desprecio, la furia y el menosprecio que muchas veces despierta el mero hecho que una mujer tenga ideas políticas. Quizás, justo por eso vale la pena seguir luchando, insistiendo, enfrentándose. Al menos, yo sé que lo haré.

Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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