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Buenas razones para apoyar el matrimonio igualitario, aunque no seas gay

21/06/2017 6:00 AM CDT | Actualizado 21/06/2017 10:16 AM CDT

Elijah Nouvelage / Reuters
"Con frecuencia pienso en la diferencia, más que en la igualdad, y en la importancia de reconocer su existencia".

Nuestro continente es machista, no me canso de repetirlo pero también, incapaz de reconocer su profundo rasgo conservador y prejuicioso. Después de todo, nadie quiere admitir que es capaz de señalar y juzgar por motivos confusos o incluso, solo por ignorancia. Pensé en eso cuando hace unos días, alguien me preguntó por qué apoyo el matrimonio igualitario, siendo heterosexual. Un cuestionamiento que me irritó más de lo que me permití demostrar. Al cabo de unos minutos de silenciosa lucha interna, sonreí a mi interlocutor.

—Porque me parece responsable apoyar una causa justa.

 — Pero, ¿qué tiene que ver contigo? No eres lesbiana ¡Ni siquiera piensas en casarte!

 — Entonces, ¿solo debo oponerme al racismo si soy afroamericana? — pregunté de mal humor. Mi amigo puso los ojos en blanco.

 — Me refiero, ¿por qué la insistencia en que los gays puedan contraer matrimonio? ¿En qué te beneficia a ti?

Se trata de una pregunta que se repite con frecuencia y que deja muy claro, la forma distorsionada como nuestra cultura percibe la lucha por la equidad entre ciudadanos. No se trata de una idea reciente: por siglos la noción sobre la equidad ha sido cuestionada por el mero hecho de no ser comprendida a cabalidad.

Martin Luther King, incansable luchador por los derechos civiles de su país, solía decir: "No soy negro, soy hombre" en cada ocasión en que alguien intentaba utilizar su origen étnico para definir sus esfuerzos por la equidad legal. Para King, la batalla por lograr el reconocimiento de los derechos plenos de su comunidad, frente al prejuicio racial, era una manera de destruir la suposición que hay "diferencias insalvables" en la sociedad que suponen matices en la aplicación de ciertos parámetros jurídicos.

Martin Luther King demostró que el prejuicio no puede mediar ni imponer su criterio sobre la forma como se comprende la identidad del ciudadano.

Con su consistente filosofía sobre su necesidad de alcanzar la inclusión y la igualdad, desde el supuesto que cada ciudadano tiene exacto valor ante el imperio de la ley, King demostró que el prejuicio no puede mediar ni imponer su criterio sobre la forma como se comprende la identidad del ciudadano.

El matrimonio igualitario no es una venia, un favor o una concesión legal. Se trata del reconocimiento de un derecho de un sector de la población que está siendo ignorado por motivos confusos. No se trata de un capricho, de una bandera electoral, de una necesidad utópica de una porción considerable de ciudadanos del país, sino del hecho que merecen disfrutar de lo que legítimamente la ley debería concederles.

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No se trata de algo nuevo en la historia reciente. Una de las primeras maniobras de Adolf Hitler al convertirse en canciller fue asegurarse que la aplicación de la ley tuviera matices y estratificaciones de acuerdo al origen étnico y racial del ciudadano común. Al principio, insistió que se trataba de una medida necesaria para favorecer a la población alemana pero después, fue evidente que su objetivo era utilizar la segregación para crear un estamento de ciudadanos de segunda categoría.

Para cuando el tercer Reich mostró su rostro totalitario, la ley se convirtió en un arma ideológica y lo que es aún peor, en la herramienta más eficiente del régimen para ajusticiar e imponer su modelo de Estado. Todo gracias a ese inicial primer matiz que aseguraba que la ley distinguía entre los ciudadanos por motivos poco claros y, lo que era más preocupante, por completo interpretativos.

Tal vez el anterior parezca un ejemplo exagerado, pero ilustra de manera muy clara la necesidad de que todo planteamiento legal beneficie a todos los ciudadanos de idéntica manera. La ley, por esencia, está concebida para favorecer a todos los ciudadanos en condiciones de igualdad jurídica. En otras palabras: todos los ciudadanos son iguales ante la ley y tienen los mismos derechos y obligaciones, lo cual garantiza la equidad, el equilibrio en la aplicación de los extremos jurídicos.

Nada justifica el hecho que deba suprimirse un conjunto de derechos civiles y sociales a un conglomerado de la población.

Sí, puedo entender que a un continente tan conservador y tradicional como el nuestro le cueste trabajo entender que dos personas que se saltan las convenciones sociales y el deber social puedan contraer matrimonio. Y también es lógico que una cultura tan profundamente cristiana se sienta ofendida o incluso agredida por la posibilidad.

No obstante, nada de lo anterior justifica el hecho que deba suprimirse un conjunto de derechos civiles y sociales a un conglomerado de la población. Hablamos de que, debido a esa postura crítica, religiosa o moral, un porcentaje de ciudadanos no pueden acceder a derechos básicos como reconocimiento de su personalidad jurídica, al nombre, a los derechos de herencia y sucesión, incluso a su identidad.

Con frecuencia pienso en la diferencia, más que en la igualdad, y en la importancia de reconocer su existencia. Tal vez todo radique allí, me digo, en el poder de comprender que cada uno de nosotros es una expresión de creación y una oportunidad para crear. Y que nuestra cultura y sociedad debe reflejar no solo esa necesidad de comprendernos como parte de algo más grandes que nosotros mismos sino también más perdurable y valioso. Una manera de aspirar a la esperanza, sin duda.

Tal vez sea así, me repito. Y si no lo es aún, me gustaría que lo fuera.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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