EL BLOG

Ya no soy tan mamá

24/11/2016 10:15 PM CST | Actualizado 02/12/2016 2:27 PM CST
Pixabay.com

Cuando cumplí 30 años el reloj biológico hizo de las suyas y me embaracé. No lo planeaba pero tampoco me vino mal. Vivía felizmente en pareja y ya lo habíamos invocado de alguna manera. Le llamábamos Jaume, aunque al saber que en efecto, sería varón, bromeábamos con que se llamaría Simitrio, como ese angelical niño imaginario del cine mexicano de principio de la década de los 60.

Mi precioso bebé nació y recuerdo perfectamente que la primera sensación que me causó al verlo fue una ternura inmensa. Sin embargo, no tenía idea de cómo cuidarlo. Había leído un par de libros (los clásicos Qué esperar cuando se está esperando y 9 Meses de espera) y estaba suscrita a un newsletter que en ese entonces era súper novedoso, pero nada más. Estaba tan desorientada, que a pesar de tener una reserva de toallitas húmedas que recibí en el baby shower, cuando tuve que cambiarle el primer pañal no se me ocurrió usarlas para limpiarlo sino que improvisé con algodón húmedo. Conforme él iba creciendo yo me fui transformando en toda una mamá.

(VIDEO: Entendiendo la "mamificación").


Aunque cuando cumplió 3 meses debí llevarlo a una guardería de lunes a viernes de 9 a 6 para ir a la oficina, decidí que le iba a dar el mejor sustituto a mi presencia: mi leche materna. Me volví una heroína de la lactancia laboral, extrayendo de 8 a 10 onzas de leche materna en los baños de la empresa en la que trabajaba porque en ese entonces no existía ni la noción de que en un lugar de trabajo donde el 80% de los trabajadores son mujeres en edad fértil deberían existir lactarios.

Poco después de que mi niño cumpliera un año me mandaron a mi casa con un buen finiquito y ninguna idea de cómo iba a ser mamá de tiempo completo. Como un regalo del destino, el mismo día que me avisaron que ya no trabajaría más en la editorial en la que había pasado los últimos ocho años, una agencia me contrató para ser Mommy Blogger para una marca.

No reniego de mi maternidad, pero sí busco vivirla de manera un tanto más relajada de lo que dictan los cánones actuales (que por cierto son tremendos).


Ese hecho marcó mi futuro profesional. A la fecha casi no escribo casi nada que no esté relacionado con niños y maternidad de alguna manera. Y es además los años que pasé dedicada a la crianza me dejaron enseñanzas y experiencias valiosísimas. Aprendí y puse en práctica crianza con apego, lactancia prolongada, colecho y sistemas de educación alternativa.

Me volví "La mamá de las mamás", como me puso de sobrenombre mi amigo Mario. Me "mamifiqué". Mi carácter radical me hizo sufrir la transformación. Hasta que me di cuenta que tenía que soltar cosa por cosa hasta ver cómo se lograba cierto equilibrio, si es que eso es posible.

Sigo intentándolo. De hecho cada día modifico un poco la receta. No reniego de mi maternidad, pero sí busco vivirla de manera un tanto más relajada de lo que dictan los cánones actuales (que por cierto son tremendos). Esto me ha dejado disfrutar un poco más el viaje que es criar a dos niños, sin reparar en miradas externas ni en expectativas ajenas.

Me siento menos "mamá" que antes, pero no por eso me siento una mala mamá. Me queda claro que el instinto no es suficiente para realizar esta titánica tarea, así que sigo tratando de actuar con la mejor intención y buscando herramientas que nos hagan todo más sencillo. Lo que sí es innegable es que rechazaré para siempre cualquier práctica de madre mexicana sufrida pero buena madre. "Mamás felices, niños felices" dicen por ahí. Y sí, yo creo que así justamente es como funciona.

También te puede interesar:

- ¿Cómo le explico a mi hijo quién es Donald Trump?

- Los bebés, los nuevos accesorios de moda.

- Detesto Halloween y llámenme amargada. Estoy acostumbrada.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

a no so