EL BLOG

El día que el caos me devolvió la fe

21/09/2017 8:35 AM CDT | Actualizado 21/09/2017 11:46 AM CDT

"¿Está temblando?", la pregunta que brota al comienzo de cada sismo. Sin embargo, esta ocasión no dejó espacio a la duda y así se hizo el salto directo a la afirmación: Está temblando.

Salía de tomar una ducha, protocolo de higiene para la entrevista de trabajo agendada para el martes 19 de septiembre y apenas un calzón, un pants y un calcetín después, la sacudida me exigió salir de mi edificio a toda prisa. "¡Petrita, está temblando, vámonos!", le dije a la señora que ayuda con labores domésticas en mi casa.

Mi primera acción después de el gran vals tectónico (y después de regresar por una playera, el otro calcetín y mis tenis) fue tomar mi bicicleta e ir a donde mi abuelita, que incluso llegó minutos después que yo a su edificio. Lo primero: preguntar por su bienestar. Lo segundo: escuchar la historia sobre cómo las estanterías del súper se caían, sobre cómo se encontró dando saltos involuntariamente y sobre la desdicha de estar en el pasillo de los refrescos durante un terremoto. Con la alegría del bienestar abracé a mi entonces pegajosa abuelita y le di un cálido "todo va a estar bien" acompañado de un par de recomendaciones a seguir en caso de réplica.

De regreso en casa mientras compartía un cigarrillo con Don Fernando, el portero, pasaron un par de afortunados con internet móvil a quienes pregunté por lo que se sabía en aquellos primeros momentos y como respuesta obtuve información sobre un edificio caído en Avenida Álvaro Obregón. "¿Sólo un edificio? No estuvo tan gacho" pensé. Luego subí a mi departamento y tras luchar con mi ignorancia sobre la T.V. (la cual casi no uso) logré sintonizar las noticas. Poco a poco me iba dando cuenta de que no sólo era mucho más grave de lo que aquellos transeúntes cibernautas dijeron, sino que mi colonia y sus alrededores (Santa Cruz Atoyac, Del Valle, Portales, etc.) estaban dentro de las zonas rojas de la ciudad.

Después de asegurarme de que mi entrevista se había pospuesto, no hubo tiempo que perder y comencé a llenar con agua filtrada cuanta botella encontré en mi casa. Con bicicleta, paliacate y el "botellerío" en la mochila, aproximadamente a las 15:00 eché a andar hacia el derrumbe más cercano, el de Zapata y Petén. Mi plan era ir a repartir agua y regresar a casa para repetir con los demás derrumbes cercanos, pero al tener frente a mi por primera vez el derrumbe de un edificio entero, no hice más que arrojar mi bici al primer montón de bicicletas que vi, hacer mi hidratante donación y buscar una posición donde pudiese ser lo más útil posible.

Así me uní a la gran fuerza civil que conformó esa fuerza inicial en los primeros momentos después del terremoto. Una cadena humana por aquí, otra por allá, las cubetas llenas de escombros comenzaron a circular, voluntarixs con cuerdas y mazos sobre la estructura, todxs bajo el sol con la empatía por el prójimo como un poderoso combustible para resistir el sol, la sed, el hambre y el cansancio.

Adalberto Chávez Herrera

Adalberto Chávez Herrera

Adalberto Chávez Herrera
Adalberto Chávez Herrera
Adalberto Chávez Herrera
Adalberto Chávez Herrera
Adalberto Chávez Herrera
Adalberto Chávez Herrera
Adalberto Chávez Herrera
Adalberto Chávez Herrera
Adalberto Chávez Herrera

Adalberto Chávez Herrera

Las sensaciones más estremecedoras, a mi parecer (quizá por mi ocupación como recreador), llegaban con cada juguete que me tocaba recoger de entre los escombros, sabiendo que si bien el o la dueña de ese juguete podría haberse salvado en su escuela, ahora ya no tendría un lugar para jugar.

Adalberto Chávez Herrera

Horas después, el cuerpo exigió, por lo que tomé una pausa para regresar a casa a comer y regresar a la faena con más energía y más agua para quien la necesitara. A mi regreso, me encontré con mi amigo Ludovico, yendo hacia su casa para hacer lo mismo y mientras él buscaba unos guantes para darme, me iba narrando cómo lograron sacar a alguien, quien lamentablemente salió sin vida del escombro. Con la esperanza de resultados más positivos regresé a escombrar por ahí, por allá, jalar vigas, cargar muros, todo lo que se pudo y aproximadamente a la hora de reanudar mis actividades ahí, un hombre pudo salir caminando de lo que pudo haber sido una forzada lápida a base de lo que alguna vez fue su hogar.

La cosa siguió y cuando no pude más regresé a casa por un par de horas de sueño y por linternas para el relevo nocturno. Grande fue mi sorpresa cuando de vuelta en el derrumbe, alrededor de la media noche, una multitud conformada por militares, marinos, brigadistas y topos se movían veloz y organizadamente, contrastando con los cientos de voluntarixs que con ganas de ayudar, en ocasiones embrutecían el trabajo de lxs profesionales. "Mucho ayuda el que poco estorba", recordé y así fue como mejor me escabullí presentándome como "prensa" y encontrando un buen ángulo del cuál tomar unas cuantas fotos.

Una frase de una película que me gusta dice algo así como que "el mar no es sino una multitud de pequeñas gotas que lo componen". En estos casos no hay muchos o pocos, simplemente haber hecho, sea lo que sea, es ya un gesto gigantesco por parte de cada unx de nosotrxs. Y por lo que he visto en estos dos días, con todo y todo, la ciudad de México se ha convertido en un grandísimo mar de ayuda.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.