UN MUNDO MEJOR
11/01/2018 6:26 PM CST | Actualizado 13/01/2018 5:53 PM CST

Qué dice el polémico manifiesto de las feministas francesas del que todo el mundo habla

Catherine Deneuve discrepa con el movimiento #MeToo generado a partir del caso Weinstein

Doug Peters/EMPICS Entertainment
Catherine Deneuve attending the La Tete haute opening film premiere taking place during the 68th Festival de Cannes held at the Grand Theatre Lumiere, Palais des Festivals, Cannes, France

Aquí la traducción al español.

Defendemos la libertad de importunar, indispensable a la libertad sexual

La violación es un crimen. Pero el ligue insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista. A raíz del caso Weinstein, ha habido una toma de conciencia legítima sobre la violencia sexual contra las mujeres, particularmente en el lugar de trabajo, donde algunos hombres abusan de su poder. Era necesaria.

Pero a esta libertad de palabra se le ha dado hoy la vuelta: nos obligan a utilizar los términos adecuados, a callarnos lo que pueda molestar, ¡y a quienes se niegan a cumplir con estos mandatos se las considera traidoras y cómplices!

Es algo propio del puritanismo utilizar los argumentos de protección y emancipación de la mujer para atarnos mejor a un estatus de víctimas eternas, bajo la influencia de demoníacos falócratas. Todo en nombre de un supuesto interés general, como en los buenos viejos tiempos de la brujería.

De hecho, el hashtag #MeToo ha desencadenado, en la prensa y en las redes sociales, una campaña de acusaciones públicas a individuos a quienes, sin tener la oportunidad de contestar o de defenderse, se les ha puesto al mismo nivel que los delincuentes sexuales.

Esta justicia sumaria ya tiene sus víctimas: hombres castigados en el ejercicio de su profesión, obligados a renunciar a sus empleos, etcétera. Cuando sus únicos fallos han sido tocar una rodilla, intentar robar un beso, hablar de cosas "íntimas" en una cena de trabajo, o enviar mensajes con connotaciones sexuales a mujeres para las que la atracción no era mutua.

Esta fiebre por enviar "cerdos" al matadero, lejos de ayudar a las mujeres a empoderarse, en realidad sirve a los intereses de los enemigos de la libertad sexual, los extremistas religiosos, los peores reaccionarios y los que creen, en nombre de una concepción sustancial del bien y de la moral victoriana que la acompaña, que las mujeres son seres "separados", niños con una cara de adulto, que exigen protección. Enfrente, los hombres son convocados para vencer su culpa y encontrar, en el fondo de su conciencia retrospectiva, un "comportamiento fuera de lugar" que podrían haber tenido hace diez, veinte o treinta años, y de lo cual deberían arrepentirse. La confesión pública, la incursión de fiscales autoproclamados en la esfera privada, que se instala como un clima de sociedad totalitaria.

La ola purificadora parece no conocer ningún límite. Allí, censuramos un desnudo de Egon Schiele en un póster; aquí pedimos la eliminación de una pintura de Balthus de un museo con el argumento de que sería una apología de la pedofilia; en la confusión del hombre y la obra, pedimos la prohibición de la retrospectiva de Roman Polanski en la Cinémathèque y obtenemos la postergación de la dedicada a Jean-Claude Brisseau.

Un académico considera que la película de Michelangelo Antonioni Blow Up es "misógina" e "inaceptable". A la luz de este revisionismo, John Ford (El prisionero del desierto), e incluso Nicolas Poussin (El rapto de Sabines) no conducen de par en par. Los editores ya nos están pidiendo a algunos de nosotros que hagamos que nuestros personajes masculinos sean menos "sexistas", que hablemos de sexualidad y amor con menos desproporción, o que garanticemos que el "trauma experimentado por los personajes femeninos" sea ¡hecho más obvio! ¡Al borde del ridículo, un proyecto de ley en Suecia quiere imponer un consentimiento explícitamente notificado a cualquier candidato para tener relaciones sexuales! Un esfuerzo más y dos adultos que querrán dormir juntos verán primero con una "Aplicación" en su teléfono móvil un documento en el que se enumerarán debidamente las prácticas que aceptan y las que rechazan.

Nuestros editores [muchas de las firmantes son escritoras] ya nos están pidiendo a algunas de nosotras que nuestros personajes masculinos sean menos 'sexistas', que hablemos de sexualidad y amor con más mesura, o incluso que garanticemos que el 'trauma experimentado por los personajes femeninos' sea más obvio.

El filósofo Ruwen Ogien defendió una libertad de ofensa indispensable para la creación artística. De la misma manera, defendemos una libertad para molestar, indispensable para la libertad sexual. A estas alturas somos lo bastante experimentados como para admitir que el impulso sexual es, por naturaleza, ofensivo y salvaje. Pero también somos lo bastante clarividentes como para no confundir el ligoteo torpe con acoso sexual.

Sobre todo, somos conscientes de que el ser humano no es monolítico. Una mujer puede, en el mismo día, dirigir un equipo profesional y disfrutar siendo el objeto sexual de un hombre, sin ser una 'zorra' ni una vil cómplice del patriarcado. Puede asegurarse de que su salario sea igual al de un hombre, pero no sentirse traumatizada de por vida porque un sobón se le frote en el metro (incluso cuando eso se considera delito); un comportamiento que ella misma puede considerar como la manifestación de una gran miseria sexual, o incluso no darle importancia alguna.

Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres y a la sexualidad. Creemos que la libertad de decir 'no' a una propuesta sexual no excluye la libertad de molestar. Y consideramos que debemos saber cómo responder a esta libertad para molestar a los demás, más allá de refugiarnos en el papel de víctimas.

Porque no se nos puede reducir únicamente a nuestro cuerpo. Nuestra libertad interior es inviolable. Y esta libertad que valoramos no está exenta de riesgos y responsabilidades.