ESTILO DE VIDA
01/01/2018 7:21 AM CST | Actualizado 02/01/2018 7:24 AM CST

Lo que hay que saber antes de decir que “la adicción es una decisión”

La adicción es una enfermedad y para recuperarse se necesita ayuda.

Dicen que la adicción es una decisión y que sólo hay que parar.

No entiendo por qué algunas personas piensan que uno decide volverse adicto. Si la adicción se define como una compulsión de hacer algo o de comportarse de cierta forma repetidamente a pesar de que haya consecuencias negativas pues no encuentro la lógica de decidir hacer esto. Especialmente si interfiere con el bienestar de uno o lastima a los seres queridos.

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Mi educación y mi experiencia me dice que la adicción no empieza como un acto fuera de control. Empieza como una idea lenta y progresiva y muchas veces no nos damos cuenta de que crece enormemente hasta que muchos de los que nos rodean se dan cuenta y nosotros lo negamos vehementemente, una vez al menos.

Al principio probamos algo que nos proporciona una experiencia placentera y disfrutamos lo que nos hace sentir. Nos encanta el vértigo de esa copa de vino después de un día muy ajetreado, o la gran emoción de ganar una mano en el blackjack. Y luego lo volvemos a hacer y obtenemos el mismo resultado. Y a la larga, nos gusta tanto que creamos un significado a su alrededor.

Organizamos comidas de cumpleaños y reuniones para ver el futbol durante las que consumir grandes cantidades de alcohol es una manera aceptable de "celebrar" la ocasión. Planeamos viajes "familiares" a Las Vegas pero durante días no salimos de esos oscuros salones porque estamos a punto de ganar. La euforia y la satisfacción y una rota promesa de la felicidad eterna están justo a nuestro alcance.

Ignoramos a los observadores que fruncen el ceño a causa de nuestro comportamiento porque pensamos que no saben "divertirse" o vivir al borde. De lo que no nos damos cuenta es que nuestro comportamiento dejó de ser "divertido" mucho tiempo atrás, y nos mantenemos peligrosamente al borde del abismo, pero buscamos incansablemente ese sentimiento subyugante de la fase de la luna de miel que es la relación distorsionada con la adicción.

Lo que tampoco reconocemos en nuestra ceguera por la adicción es que no sólo lo hacemos por lo que nos hace sentir sino también por lo que no nos hace sentir. Algunos estudios recientes empiezan apenas a indicar que nuestras adicciones son un manera muy común pero dañina de escapar de las experiencias desagradables de nuestro pasado. Un duelo incompleto por la pérdida de algo o alguien importante para nosotros que hizo que cambiara la dirección de nuestro camino de vida.

La muerte inesperada de un familiar cercano o de un amigo, un divorcio difícil, un cambio no deseado o la pérdida de un trabajo roban de considerables trozos de bienestar de un ser anteriormente incólume. Estas experiencias adversas pueden darse en la niñez o ya siendo adultos y pueden debilitar a toda nuestra existencia y a nuestros motivos de vida. Especialmente cuando aquellos que nos rodean también fueron afectados o son incapaces de ayudarnos a combatir nuestro dolor a causa del suyo propio.

No es ninguna sorpresa que la ansiedad y la depresión son factores que intervienen en la relación tan tumultuosa con la adicción. Y de esta forma empieza el ciclo de caer en adicciones para aturdir el dolor, lo cual aumenta la ansiedad de nuestras decisiones y alimenta nuestra depresión. Y esto nos hace volcarnos hacia nuestra adicción.

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Pronto aprendemos a escapar de nuestros temores e inseguridades con una adicción porque nos aturdimos a la fuerza y nos emociona lo que estamos sintiendo y que nos da placer. Y entonces vivimos en el error de que de alguna manera obtendremos satisfacción plena y felicidad eterna. O que al menos no vamos a pensar en el dolor. Al menos no hoy.

Esta relación con la adicción evoluciona de un acto de placer y de evitar el dolor para convertirse en un mal necesario para simplemente existir. La compulsión se apodera de nosotros y de nuestras mentes para convertirse en una necesidad implacable de otra bebida. Con frecuencia, nuestros cuerpos desarrollan una dependencia física que no podemos ignorar. Así es que tomamos para que nuestras manos dejen de temblar. Y entonces nos sentimos "normales" de nuevo, o al menos lo suficientemente normales como para funcionar en nuestra rutina diaria. Jugamos hasta el último dólar para satisfacer el deseo inalcanzable de duplicar nuestras ganancias. Para recuperar ese pago de impuestos que perdimos y que serviría para pagar la hipoteca. Para recuperar ese sentimiento de euforia y gozo que sentíamos cuando comenzó nuestra adicción.

Al final y si no tenemos ayuda, nuestra adicción nos avasalla con una maldición que cobra tal fuerza que nada ni nadie en nuestro mundo naturalmente guiado por el egoísmo puede detenernos. No nuestras parejas, ni los hijos, ni nuestros padres, ni la salud quebrada, ni nuestras carreras rotas. Nada puede mantenerse de pie entre nuestra adicción y nuestra mente. Sucumbimos a la maldición que es mucho más grande que nosotros y más fuerte que nuestra capacidad para tomar la decisión de parar. Perdemos todo y ni así podemos detener esta locura. La maldición destruye todo lo que era bueno en nuestras vidas y nos deja sin esperanzas para un mejor mañana.

Por tanto, lo que debería decirse es...

La adicción es una enfermedad y para recuperarse se necesita ayuda.

Según muchos reportes de salud publicados dentro del Instituto Nacional de Abuso de Drogas y de Publicaciones de Salud de Harvard, los investigadores reconocen ahora que la adicción es una enfermedad crónica y recurrente que cambia la estructura neurológica del cerebro y su función cognitiva. Esta transformación se da porque el cerebro experimenta una serie de cambios químicos que empiezan con el reconocimiento del placer y la disminución de su efecto a causa del uso contínuo de lo que alguna vez disfrutábamos y que se convierte en comportamientos compulsivos para tratar de mantenerlo.

Lo que en algún momento fue placentero se transforma en nuestros cerebros para convertirse en una compulsión que termina en destrucción en la parte de nuestro cerebro que necesitamos para la emociones y el placer. Nuestro cerebro ya no funciona de la forma en que lo hacía cuando no éramos adictos. Así es que seguimos con nuestras compulsiones porque el placer se vuelve algo imposible de conseguir sin incrementar nuestras tendencias adictivas.

Esta alteración en nuestro cerebro y la compulsión resultante es real, y cuando se mezcla con la falta de control sobre la adicción y sobre todo lo que alguna vez significaba algo, se vuelve algo destructivo. Y no conoce barreras sociales, raciales o económicas. Puede colarse en la comunidad menos esperada, afectar a culturas enteras y extenderse por múltiples generaciones. Ya sea que tenga un impacto personal o por el alcance que llegue a tener, nadie sale ileso. La adicción es así de fuerte.

Pero puede haber esperanza. Esperanza de que puede haber cambios.

Decir que la adicción es una decisión y no una enfermedad que necesita ayuda es sólo perpetuar un estigma que se ha perpetuado durante décadas, y para muchos, se ha convertido en una pérdida de tiempo cuando hay una vida que vale la pena vivir. O peor, o de simplemente vivir.

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Hay que reconocer que la adicción es una enfermedad que pone en riesgo la vida y que requiere de un esfuerzo constante para tener éxito y sólo así podremos cambiar el paradigma en nuestra forma moralmente prejuiciosa de pensar. Y si disipamos la noción de que todos los que sufren una adicción lo hacen por decisión propia, entonces podemos despertar la posibilidad de que la recuperación existe. Pero esto no puede hacerse sin un compromiso sincero para dar fin al estigma de que en muchas ocasiones evita que podamos seguir el camino para poder sanar.

Creo que este compromiso puede incluso llegar más allá de los tratamientos actuales poco exitosos para incorporar métodos adicionales poco ortodoxos y holísticos que están ganando mayor aceptación en las comunidades profesionales de recuperación. Podemos empezar a enfocarnos en modalidades de recuperación hechas a la medida porque ya no podemos asumir que los métodos tradicionales sirven para todos.

Todavía no he podido compartir mi experiencia personal y todavía muy reciente con la adicción y la recuperación, pero no tengo duda alguna de mi mente en perpetua recuperación de la adicción que se presentó en mi camino no llegó allí por elección mía. Mi camino a la destrucción llegó a mi vida como una terrible y poderosa maldición que mentalmente robó a una madre de sus hijos durante 18 meses de sus vidas y nunca las podré recuperar. Durante semanas fui totalmente inútil y acabé con una carrera que me había tardado 15 años en construir para la persona que yo creía que quería ser. Me robó la alegría y enterró en mi subconsciente todo lo que yo alguna vez amé. Cambió al niño indemne que quería ser y me convirtió en una entidad monstruosa que mi mente consciente nunca querrá conocer.

A pesar de lo que la sociedad diga sobre la adicción, mi verdad personal es que yo nunca escogí la adicción voluntariamente. Más bien, la adicción me escogió a mi. Y sólo hasta que mi ser completo quedó destruído y por la locura de mi mente enferma fue que encontré una ayuda milagrosa y la gracia salvadora que me dió fuerza para vencer mi adicción y sólo así pude ser más fuerte que mi voluntad para poder sobrevivir.

Este post apareció por primera vez en el Prezi de Kel.