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Zapata 56: Dos mamás murieron y 18 familias perdieron todo en una tarde

Les aseguraron que el edificio duraría más de 90 años, pero en menos de uno se derrumbó.

13/11/2017 4:00 AM CST | Actualizado 15/11/2017 12:51 PM CST
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En la tarde del 19 de septiembre, Martín Hernández perdió a su madre y a su esposa en el derrumbe de Residencial San José, un edificio de departamentos en la colonia Portales Sur; otras 18 familias perdieron su patrimonio: las casas que habían comprado hacía unos meses, sus muebles, sus pertenencias.

A lado del edificio de Zapata 56 -que en marzo de 2017 fue habitado- otro inmueble de tres años de antigüedad, en el número 58, no tenía ningún daño. En octubre, un dictamen técnico reveló que el edificio tenía irregularidades de diseño y de construcción y que eso había causado el colapso.

Karla y Maltilde

Unos minutos después de la 1 pm del martes 19, Martín Hernández, de 33 años, habló por teléfono con su esposa Karla. Le avisó que iba camino a llevar a su hijo a la secundaria. "Nos despedimos. Le dije: Te amo. Y colgué", relata.

Desde mayo de este año, Karla Santos, de 30 años, ayudaba a su suegra Matilde Téllez, de 63 años, en la limpieza del departamento 404 de Residencial San José, en la colonia Portales Sur, del que era dueña Olivia López, una mujer con quien la mamá de Martín trabajaba desde hace seis años.

Ese día, como cualquier otro martes, Karla y Matilde estaban limpiando el departamento 404 del edificio de Zapata 56 cuando un terremoto de magnitud 7.1 sacudió Ciudad de México.

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Derecha: Matilde Téllez Cárdenas, 63 años. A la izquierda: Karla Kaori Santos Sánchez, 30 años.

A Martín el temblor lo agarró en la calle. Decidió regresar a su casa, dejar a su hijo e ir a recoger a su otra niña a la escuela primaria. También llamó a su esposa y a su mamá varias veces, pero nunca logró hablar con ellas. Una hora después, ya en su casa y con sus hijos, la desesperación de no saber nada lo invadió.

Uno de sus dos hermanos decidió ir a buscarlas al edificio donde trabajaban. Regresó con pésimas noticias: una de las torres del edificio se había hecho pedazos tras el sismo. Nadie podía pasar. Nadie sabía de ellas.

"Pensé en mis hijos, ¿qué les iba yo a decir?, ¿cómo les iba a impactar esto?"Martín Hernández, víctima.

Martín agarró una bicicleta prestada y llegó al edificio a las 3 pm. Lo encontró derrumbado y acordonado por la Marina. La vigilante del edificio le dijo que su esposa y mamá no habían logrado salir, que estaban en uno de los departamentos de la parte que se cayó y que ella tenía las credenciales que habían dejado esa mañana.

Como pudo, Martín entró hasta los escombros. Gritaba sus nombres a todo pulmón. "Karla, Matilde". Unas horas después volvió a sentir esperanza: había escuchado una serie de golpes entre los restos. Las siguientes 48 horas sus fuerzas estaban enfocadas a sacar a su madre y a su esposa. No durmió y sólo recuerda haberse comido una manzana. Pero un rescatista se le acercó y dijo: "Ya encontramos los cuerpos". Eran las 6 de las mañana del jueves 21 de septiembre.

Cuartoscuro
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"Cuando vi que estaban sacando sus cuerpos, me tiré al piso. Ya sabía que no estaban vivas, pero le di gracias a Dios porque me dio la oportunidad de tenerlas, de cerciorarme que eran ellas. Y pensé inmediatamente en mis hijos, ¿qué les iba yo a decir?, ¿cómo les iba a impactar esto?", recuerda con dolor Martín.

Después vino la parte más dura, en el ministerio público de la delegación Benito Juárez: identificar los cuerpos. "Estaban mal, físicamente muy mal. El ver a tu mamá y a tu esposa así fue muy difícil. No es lo mismo morir naturalmente que ver a tu familia así".

"Cuando vi que estaban sacando sus cuerpos, me tiré al piso".Martín Hernández, víctima.

La médico forense que examinó los cuerpos le dijo que las dos habían muerto instantáneamente. Martín dice que quiere creer que así fue, que ninguna sufrió. Agotado, el hombre tenía una prueba más: hablar con sus dos hijos, decirles que se habían quedado sin su mamá y sin su abuela.

"Fueron momentos que viví muy feos. Gracias a Dios que me dio esa fuerza, sentimental y espiritual, para llevarlo de la mejor manera. Estamos mal, pero creo que yo que no con ganas de morir, porque pienso en dos cosas: en mis hijos y que se haga justicia", dijo.

Desde el derrumbe, Martín no ha podido regresar a trabajar en el Oxxo, donde era cajero. Pasa sus días cuidando a sus hijos, tramitando documentos, yendo a las citas del DIF, reuniéndose con sus abogados y visitando tribunales.

"Todo esto se hubiera evitado si hubiera sido realmente una buena construcción".

Conforme van pasando los días, se ha dado cuenta que su esposa y su madre no murieron por el sismo, sino por culpa de los que construyeron el edificio, de los que lo aprobaron como seguro y quiere justicia.

"Ya viendo la realidad, todo esto se hubiera evitado si hubiera sido realmente una buena construcción", dice Martín, quien a través de sus abogados se sumó a una demanda contra los arquitectos que verificaron la obra y los dueños de la constructora Canadá Building Systems de México.

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Martín Hernández, de 33 años, y su esposa Karla Santos, 30 años.

En ese camino, los dueños de la constructora intentaron "comprar su perdón" con 200 mil pesos de gastos funerarios, oferta que rechazó. También ha recibido amenazas de muerte por mensajes en redes sociales: "Mejor deja así las cosas, si no quieres salir más afectado".

"Quiero que les den un castigo ejemplar, si son millonarios con un castigo millonario, que les duela, que jamás en su vida vuelvan a tomar decisiones de construir mal y poner en riesgo muchas vidas", dijo. "Trabajo de cajero en un Oxxo. Mi sueldo es mínimo, soy una persona humilde, pero no soy tonto".

"Que nadie mate a su familia y luego les diga: mira, te doy 200 mil pesos y ya no digas nada".Martín Hernández, víctima.

Dice que no dejará de exigir justicia, que no tiene miedo y que va a seguir hasta el final porque quiere dejarle un mensaje a sus hijos y que los dueños de la constructora se haga responsables.

"Que nadie les tape la boca, que nadie lo quiera comprar por unos pesos. Que nadie mate a su familia y luego les diga: mira, te doy 200 mil pesos y ya no digas nada. Habrá gente que lo acepte, nosotros no".

Vecinos sin hogar

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Anahí Abadía Pérez y Esaú Ramírez, de 27 y 30 años, vivían en el 401 de Residencial San José. Tenían seis meses de habitar el departamento, que compraron a crédito por 2 millones 400 mil pesos. El 19 de septiembre, los esposos salieron hacia el Home Depot para comprar focos para la sala de su casa, que constantemente se fundían, cuando el sismo de magnitud 7.1 sacudió a la capital.

Cuando regresaron a la calle Zapata 56, un tercio del edificio se había derrumbado y el resto que seguía en pie tenía grietas por todos lados. Esaú decidió entrar a su departamento, a pesar de los daños, para rescatar a la perrita viejo pastor inglés que se había quedado dentro.

"Cuando entras puedes ver que todas las columnas están dobladas, lo que detiene al edificio son fierros, no sé cómo sigue en pie porque está todo destruido y quebrado".Esaú Ramírez, vecino.

Con mucho miedo, Esaú entró por su mascota. En su departamento parecía como si hubiera pasado un terremoto, todo estaba tirado: ropa, vasos y trastes, muebles. La perrita estaba tan espantada que ni siquiera ladraba. Con un brazo la cargó y, con el otro, tomó escrituras y documentos importantes.

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Como los otros 18 vecinos que se quedaron sin hogar, Anahí y Esaú estaban consternados. Cuando compraron el departamento, la empresa Canada Building Systems de México -que además de constructora, les vendió los condominios- le habían informado que el edificio tenía gatos hidráulicos y un sistema "de última tecnología" antisísmica.

Tras una evaluación del edificio, Protección Civil les informó que el inmueble estaba en muy malas condiciones y con riesgo de derrumbarse en cualquier momento. Nadie podría entrar, por lo que todo lo que estaba dentro se perdería.

Unos días después, la constructora les envió un correo electrónico."Decía que había sido un caso fortuito y que ellos no se podían hacer responsables, porque ellos habían consultado a un geólogo y había dicho que era un terremoto histórico", relata Esaú.

"Nos sentimos defraudados por una empresa que nos vendió un gran plan y un inmueble que iba a durar 90 años y se cayó en menos de uno"Esaú Ramírez, vecino.

Desde el temblor, Esaú y Anahí se quedaron con las manos vacías. Tuvieron que migrar a la casa de la mamá de él y sobrevivir de las donaciones que les han llegado. "La gente nos ha hecho el favor de donarnos ropa, cosas básicas, así hemos estado estos días", dijo Anahí.

"Fue muy decepcionante ver cómo tu patrimonio se derrumbó y todas nuestras cosas que estaban ahí. Al fin y al cabo estamos vivos, eso nos pone contentos porque no hay nada más valioso que la vida y la de nuestra mascota, pero lo material, sí lo perdimos todo", dijo Esaú.

La pareja perdió el dinero que había pagado del crédito hipotecario antes del temblor y también el dinero que seguirán pagando de los electrodomésticos que sacaron a plazos y se quedaron dentro del departamento. Pero otros vecinos de Zapata 56, no tienen ni crédito hipotecario ni seguro que los proteja, por lo que literalmente se quedarán con las manos vacías.

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De los 24 departamentos de Residencial San José, 18 pertenecen a vecinos afectados, cinco más eran propiedad de la constructora y uno más del representante legal de Canada Building Systems, Macario Espinosa.

De los 18 vecinos afectados, solo han sido indemnizados cuatro de los que tenían créditos con el banco Scotiabank, seis personas que pagaron de contado y no tenían seguro perderán todo y ocho más, entre ellos Anahí y Esaú, están esperando que los bancos les paguen.

Después de que hubo dos muertes, algo pasó y los de la constructora desaparecieron.Esaú Ramírez, vecino.

"Nos sentimos decepcionados y engañados, defraudados por una empresa que nos vendió un gran plan y un inmueble que iba a durar 90 años y se cayó en menos de uno. Engañados por una empresa que no da la cara, que se veía seria y, de alguna manera, nos quería hacer sentir acogidos, pero después de esto que hubo dos muertes; no sé, algo pasó y desaparecieron", contó Esaú.

Anahí dice que sigue sintiéndose mal de ver el edificio destruído, que siente coraje porque la constructora no quiere hacerse responsable, pero también sabe que hay otros vecinos en una circunstancia peor.

"En nuestro caso, estamos relativamente jóvenes, pero hay personas que invirtieron los ahorros de toda su vida en ese inmueble, y pensaban vivir de esas rentas y ver el esfuerzo de toda su vida ahí; es muy triste", relató.