MÉXICO

El dolor que no acaba en Álvaro Obregón 286 por el #S19: así trabajaron los voluntarios/3

En uno de los colmos: si quieres ayudar a rescatar, tienes que comprar tu propio equipo ya que lo que había, otros se lo llevaron.

01/10/2017 6:39 PM CDT | Actualizado 01/10/2017 8:33 PM CDT
ERIKA FLORES
Rescatistas continúan con las labores de búsqueda de cuerpos en los escombros del edificio colapsado por el simo de magnitud de 7.1 en Álvaro Obregón. FOTO: SAÚL LÓPEZ /CUARTOSCURO.COM

Tercera parte de nuestro serial de crónicas sobre el trabajo voluntario durante los trabajos de rescate y limpieza en algunas de las zonas derruidas por el #SismoMX. Primera entrega. Segunda entrega.

Para ser voluntaria en labores de rescate de Álvaro Obregón 286 me piden comprar botas con casquillo, chaleco reflector, lentes, cubrebocas, casco con barbiquejo y guantes de carnaza. No entiendo la instrucción ¿Por qué? Si desde el día 19 miles de mexicanos donaron este tipo de equipo y herramienta para todos los derrumbes registrados en la Ciudad de México y otros estados afectados.

ERIKA FLORES
Ser rescatista no es gratis. En Álvaro Obregón 286 te pedían llevar o comprar tu propio equipo.

Un civil me recibe en este punto de reunión para voluntarios, ubicado en la esquina de Sonora y Nuevo León; argumenta que no tienen equipo porque muchos brigadistas se lo llevaron. "¿Cómo que se lo llevaron?", le pregunto. "Se fueron con él puesto y no lo devolvieron; por eso ahora se les pide comprar el suyo porque no tenemos para prestarles. Si lo traes, no significa que entrarás directo a la Zona Cero. Tendrás que pasar como siete filtros de control de la Marina y los soldados. Verificarán —pisando tu pie— que las botas en verdad tienen casquillo porque muchos se lastimaron por traer tenis. Si no pasas algún filtro, te regresan".

No sé qué cara puse, pero su compañero intenta animarme. "Hay otras labores que puedes hacer: estar en la cocina, repartir alimentos, lavar trastes, aseo de baños, control de vallas... Es muy importante que no pase la prensa ¡Anda! ¡Aquí necesitamos héroes con actitud!". Acepto el ofrecimiento y me siento en una de las cubetas que funcionan como sillas bajo un hule. Es mediodía, no tarda en llover. Miro alrededor y somos, por mucho, veinte voluntarios esperando turno para ingresar. Ya no hay centenas como en los días posteriores al 19S.

Hay otras labores que puedes hacer: estar en la cocina, repartir alimentos, lavar trastes, aseo de baños, control de vallas... Es muy importante que no pase la prensa ¡Anda! ¡Aquí necesitamos héroes con actitud!"

"¿Tú crees que de verdad los brigadistas se llevaron todo?" me pregunta don Miguel, un hombre maduro que al igual que yo está en lista de espera. No respondo. "¡Claro que no! Sí tienen equipo ¡Mira esas cajas que están detrás con cascos y guantes! Más bien no quieren prestarlo; no entiendo para qué lo guardan si adentro siguen buscando gente entre los escombros".

Jose Luis Gonzalez / Reuters

Le doy el beneficio de la duda. Me cuenta que vive en provincia y su hermana le dio asilo en CDMX porque él quería ayudar como voluntario. "Aquí es el único lugar donde ya no se presta nada a los brigadistas. Los que están a cargo no son los chavos de la entrada, sino un par de... ¿cómo me dijeron que les dicen? ¡Hipsters! Yo estuve el día que levantaron el campamento de Eugenia y Gabriel Mancera; ya era noche cuando pidieron diez hombres, me ofrecí y nos ordenaron subir a un microbús todo el equipo y herramienta que tenían. Pensé que lo llevaríamos a otro derrumbe donde hiciera falta, pero no. Nos llevaron a una colonia en la San Miguel Chapultepec y allí lo descargamos.

—¿Por qué aquí si es una casa particular?, les dije

—Es que no hay donde guardarla. Es solo temporal porque luego la vamos a llevar a donde la reconstrucción de las casas.

—¡No se hagan! Si la reconstrucción no la haremos nosotros sino las constructoras. Allá ustedes si se roban el equipo que donó la gente para los rescates, porque el de arriba todo lo ve.

No hay paso para todos los que quieren ayudar

Llegar aquí implica cruzar cercos policiacos en el triángulo geográfico que conforman las avenidas Álvaro Obregón y Oaxaca con la calle Valladolid en la colonia Roma Norte. Por donde busques un acceso te topas con la valla que resguarda al camión de servicios periciales de la Procuraduría General de la República; la valla que limita la zona de prensa con todo y sus unidades móviles. O bien, el camellón acordonado para recibir donaciones y ofrecer apoyo psicológico.

No, no hay paso. Por eso el único acceso colectivo es donde me encuentro. A diferencia mía, alpinistas y montañistas entran automáticamente; de hecho, ya los conocen en la entrada. Uno de ellos, Alejandro, guarda sus tenis en la mochila y se pone las botas con casquillo que un amigo le prestó; me llama la atención que no trae arneses. "Hoy es mi tercer día; el primero sí lo traje pero los soldados te entrega otro. Así que dejé el mío en un lugar y cuando salí ya no estaba; reclamé y apareció —misteriosamente— en otra mochila. Por eso solo traigo lo que llevo puesto. Te dejo, debo entrar".

Su labor consiste en sacar escombro desde el techo del edificio colapsado que quedó semi inclinado. Para llegar allí los voluntarios (quienes preferentemente deben practicar rappel), ingresan caminando al cuarto o quinto piso de un edificio adjunto cuya pared se cayó con el temblor. En este punto amarran su arnés a las líneas de vida que son las cuerdas que fueron sujetas a otros edificios seguros y cercanos que no se vieron afectados por el sismo.

Con un promedio de 2 mil metros de cuerda formaron un triángulo en 3D desde tres puntos: el edificio ubicado a espaldas de Álvaro Obregón 286 y otros dos colaterales. Amarrados a este triángulo, los brigadistas se descuelgan y bajan caminando hacia el techo colapsado, cubeta en mano para levantar y cargar escombro. El peso promedio en cada cubeta es de 30 kilos.

Hoy es mi tercer día; el primero sí lo traje pero los soldados te entrega otro. Así que dejé el mío en un lugar y cuando salí ya no estaba; reclamé y apareció —misteriosamente— en otra mochila. Por eso solo traigo lo que llevo puesto. Te dejo, debo entrar".Alejandro, rescatista voluntario

A diferencia de otros puntos de derrumbe (como la colonia Del Valle o los multifamiliares de Tlalpan) el cascajo no se mueve por cubetas a nivel de piso a través de cadenas humanas. Aquí la estrategia es otra. Junto al edificio colapsado se aprecia lo que parece ser un colorido tobogán infantil. En realidad es una estructura que se construyó manualmente, uniendo decenas de tambos de 200 litros a los que se les retiró la base para conformar un tubo de más de quince metros de altura. Los brigadistas echan allí el escombro recolectado que baja directamente -a manera de resbaladilla-, hasta el camión de volteo. La enorme grúa que está afuera solo ayuda al retiro de placas de concreto más pesadas.

Ahora entiendo por qué no todos los voluntarios podemos llegar allí.

Diversidad en medio de la misma idea: ayudar

En cinco días de trabajo los ojos de Marco Morales destacan por sus ojeras. Ha dormido poco; por la noche el número de voluntarios se reduce y eso incrementa el trabajo. El domingo 24 los turnos eran de tres horas con relevos; para el jueves 28 ya eran de ocho horas. Pero además la lluvia juega en contra porque hace la losa más resbaladiza; y los polines y arneses mojados son más inseguros. En consecuencia, todo debe hacerse más lento.

Marco es un topo jalisciense; por su experiencia en rappel lo mismo puede recoger escombro que ser apoyo de los rescatistas españoles. "Aquí el puesto de mando es compartido entre un General del Ejército y un Almirante de la Marina. Nosotros no ingresamos a los puntos de rescate de sobrevivientes o cadáveres, solo pueden hacerlo ellos junto a los españoles, coreanos e israelíes con sus binomios caninos. Los españoles son muy accesibles, nos permiten ver sus equipos; los israelíes no. Los coreanos no traen tanta tecnología, pero son como una familia. Aguantan turnos muy largos de hasta doce horas y para no bajar, descansan en uno de los edificios contiguos donde instalaron un campamento improvisado".

La lista de los brigadistas mexicanos que asiste a los rescatistas extranjeros es corta y Marco está en ella. "Ayudo a los españoles a bajar sus cajas de trabajo. Son muy pesadas: llevan detectores de calor, gatos hidráulicos para apuntalar, pulseras para medir la presión arterial, visores cíclopes para ver en la profundidad. Solo que a éstos la batería les dura poco y hay que estar pendiente para cambiarla".

ERIKA FLORES
Marco, rescatista voluntario.

A pesar de que esta zona de rescate se encuentra apuntalada con polines y gatos hidráulicos, el puesto de mando controla -por seguridad- el peso en el lugar. En promedio solo pueden ascender tres brigadas de diez civiles acompañados de tres o cuatro especialistas mexicanos, más otro grupo de diez rescatistas extranjeros. Y antes de subir -por precaución y en caso de emergencia- todos deben revisar un mapa donde están señalados los puntos de soporte que fueron colocados.

¿A qué huele la muerte?

¿A qué huele la muerte? Marco no puede describir con exactitud el aroma, pero lo lleva impregnado en su uniforme y la nariz porque en los últimos días los cadáveres comenzaron a desprender el olor de su descomposición.

—Es muy fuerte. Sientes frío, te cala los huesos. Se siente horrible.

—¿Cómo lo manejas?

—Con un psicólogo

—Eso lo harás aquí abajo ¿pero allá arriba?

—Con güevos

Marco no me está engañando. En este campamento comenzaron ya los rumores de los aromas de la putrefacción; por ahora solo se perciben hasta la zona donde está la grúa, pero el clima que prevalece en este momento (calor de día, lluvia de noche) no tardará en extenderlo porque el agua se cuela entre los escombros y moja cuanto encuentra a su paso, incluidos aquellos cadáveres que aún no ha sido posible rescatar ni cuantificar.

Por eso este topo (y todos quienes allí laboran) ponen en su nariz, mascarilla o tapabocas varias capas de esa crema especial que neutraliza el olor de la muerte. Es por esta razón que el puesto de mando agregó al protocolo de trabajo, medidas para prevenir las consecuencias de la contaminación biológica que -se prevé-, ya existe en el aire hecho que se agrava con la descomposición de la comida que había en estas oficinas.

Por ejemplo, para los brigadistas y rescatistas solo se permite subir alimentos cerrados y empacados al vacío. Botella de agua que se abre, debe consumirse toda al momento; o bien tirar aquella que no se beba. Y antes del descenso definitivo para retirarse a descansar, todos deben dejar allí chalecos y cubrebocas que recibirán trato de basura especial.

"Cuéntale a la gente que, en mi opinión, todavía hay chance de sacar más personas. Por eso no me he ido. Porque muchos siguen buscando a un familiar y tenemos que chingarle a eso".

La vida que regresa donde sigue tanto muerto

La vida regresa a su cauce en la avenida Álvaro Obregón. En los cafés y restaurantes que sirvieron como centros de acopio se redujo considerablemente el número de donaciones y la clientela ha ido regresando gradualmente. Las charlas que surgen durante los almuerzos giran en un solo tema: el sismo. Cualquiera que pase por allí puede escucharlas.

En la zona todavía hay letreros buscando personas o canes extraviados; otros de agradecimiento al personal de una guardería que protegió a sus hijos durante el temblor; y uno más de servicios gratuitos para los rescatistas. Tarde o temprano serán retirados o se caerán solos, aunque probablemente uno en particular permanezca más tiempo. Es la imagen del puño en alto con el hasthag #FuerzaMexico que se viralizó en redes sociales. Una óptica del lugar hizo de él un rótulo de gran tamaño, color blanco, en su fachada principal.

—¿Cuánto tiempo lo dejarán puesto?, le pregunto al joven encargado

—El que sea necesario.

ERIKA FLORES