MÉXICO

En las entrañas del desastre del #SismoMX: así trabajaron los voluntarios/1

Una visión íntima y descarnada de cómo se movilizó la ayuda entre civiles y autoridades, contada en primera persona.

28/09/2017 2:11 PM CDT | Actualizado 28/09/2017 2:12 PM CDT
ERIKA FLORES
Escenas del rescate tras el sismo del 19S con civiles y autoridades mano a mano en medio del caos, la desorganización generalizada y las ganas de ayudar a poner en pie a la ciudad.

"Nombre, edad, teléfono y tipo de sangre", son los datos que me solicitó la joven civil que recibe a los voluntarios que deseamos ayudar en las labores de rescate de los derrumbes de la avenida Gabriel Mancera, en la colonia Del Valle, uno de los barrios de clase media capitalina que más sufrieron los embates del sismo del 19 de septiembre de 2017.

Es el domingo 24 de septiembre por la tarde, cinco días después del arrebato que nos sacudió un medio día ominoso. Proporciono la información requerida y ella anota los datos con plumón en mi antebrazo derecho. Me indica formarme en una fila sobre la calle Heriberto Frías donde me entregan mi equipo: casco, guantes, cubrebocas y un chaleco.

Rezo por todos: por los que murieron, los heridos, los sobrevivientes, los que siguen bajo los escombros, los que perdieron su familia, sus bienes y por los brigadistas que están trabajando aquí".

ERIKA FLORES

A este sitio en particular, uno de los ground zero desperdigados en la ciudad, llegamos muchos, unas 50 personas en menos de 30 minutos. Era verdad eso de que las ganas de ayudar brotaron ante el sismo. Nos agrupan por cuadrillas y sexo. No sabemos con exactitud qué tareas haremos o dónde seremos asignados; la mayoría somos mujeres de entre 20 y 40 años que nos conocemos durante la espera. Aunque elementos de la Marina se encuentran a cargo, la organización civil sobresale en la zona. Fueron ellos quienes dieron instrucciones para que una niña de diez años nos reciba con dulces durante la formación; y fue idea suya tapizar las calles aledañas con mensajes positivos como "¡Gracias por ayudar!", "#FuerzaMexico", "¡Tú puedes!".

Es la una de la tarde pero no ocurre nada, excepto que las cuadrillas de hombres ingresan inmediatamente dando prioridad a los oficios de herrería, electricidad y carpintería; las carreras de arquitectura e ingeniería; o deportes como alpinismo y montañismo.

Nosotras continuamos esperando; hay mucha gente dentro ayudando en las calles Edimburgo y Ferrol; advierten armarnos de paciencia. Tic, tac, tic, tac. Alguien nos instruye a apagar los celulares y caminar sobre Heriberto Frías para doblar a la derecha en San Borja y llegar a Gabriel Mancera.

"La mayoría somos mujeres de entre 20 y 40 años que nos conocemos durante la espera"

Entrar a la colonia del Valle no es en este momento lo que solía ser. Es duro ir entre sus calles de luto, entre edificios a punto del colapso o con daños muy visibles. Nuestros rostros denotan tristeza y estrés, por eso cuando giramos sobre Gabriel Mancera me consuela ver que no soy la única que lo siente; prueba de ello son los hombres y mujeres que tomaron la palabra a las masajistas que solidariamente regalaron sus servicios a brigadistas (en sillas colocadas en plena vía pública) para agradecer su esfuerzo con masajes de espalda.

ERIKA FLORES

Durante el camino recibimos inyecciones anímicas de los vecinos que en diferentes puntos nos reciben con aplausos, nos obsequian tortas, dulces, fruta, agua, refrescos o bebidas rehidratantes. "¡Vamos chicas! ¡Tienen que estar fuertes para el trabajo!". Poco a poco el ambiente se relaja y nos detenemos en la esquina de avenida Eugenia donde permanecemos como espectadoras del trabajo en equipo: los carpinteros, los responsables de logística, las mujeres encargadas de la cocina y distribución de comida, marinos, policías federales, soldados, choferes de maquinaria pesada, transportadores de cascajo... Todos hacen algo, menos nosotras.

¿Seguras pueden cargar botes de cascajo?

Cuatro de la tarde y generosamente siguen ofreciéndonos alimentos. "Muchachas: hay arroz, frijoles, tacos de canasta, tamales, tortas, sándwiches, fruta, dulces. Tienen que comer algo antes de entrar". Advierten que el trabajo es duro y que nos admiran por estar allí. Soldados, marinos, bomberos, policías federales y civiles aceptan los alimentos; otros prefieren acercarse al puesto de vacunación contra el tétanos.

En contra esquina, un puesto llama mi atención. Es el lugar donde concentran la entrega y recepción de herramienta donada que se entrega a los voluntarios. Un cartel grande advierte: "Por favor, regresa la herramienta para poder seguir buscando más mexicanos". Más tarde, una mujer llega allí reclamando el robo de su celular; alguien más recuerda que ayer una mochila estaba extraviada. Al parecer no todos van precisamente a reconstruir la Del Valle, aunque afortunadamente parecen ser los menos.

Tic tac, tic tac. Empieza la gritadera "¿Qué ocurre? ¿Por qué no ingresamos?" Un civil masculino, coordinador de logística, se acerca a nosotras y por su radio escucho la respuesta. "Mándame diez hombres grandes y macizos". Él responde con una acción. "¡A ver tú, tú y tú!", grita a un grupo de voluntarios hombres. "¡Y ustedes los que están detrás vénganse para acá!" En un par de minutos les entregan equipo de seguridad e ingresan a paso veloz a la zona, donde reciben marros, picos, palas. Entonces inicia la rebelión femenina: "¡Ya queremos entrar! ¿Qué, nos entramos porque nos vas a mandar a la cocina? ¡Para la otra me pinto bigotes!"

¡Vamos chicas! ¡Tienen que estar fuertes para el trabajo!

ERIKA FLORES

Confrontado, el civil explica. "No se desesperen. La que se quiera ir, se puede ir. La que se quiera quedar, se queda. Puede que entren ahorita o que sea hasta la madrugada. La Marina no quiere mujeres aquí porque es un trabajo pesado, hay que cargar botes con escombro y ustedes no lo aguantarán. Ellos son el mando y no vamos a pelear con ellos. Además no traen botas con casquillo, caso todas traen tenis". Por respuesta, el civil recibe una lluvia de decentes reclamos, resumidos en una sola idea: "¿Crees que no podemos hacerlo? ¡Pruébanos!"

Tic tac, tic tac. Ya son cuatro horas de espera. La Marina sigue, vía radio, pidiendo hombres hasta que ¡Oh sorpresa! ¡Se acabaron! No les queda más remedio que acudir a nuestra enorme cuadrilla femenina:

-¿Seguras que pueden cargar botes con cascajo?

-¡Sí!, gritamos en conjunto.

-Formen tres filas y prepárense para entrar en grupos de 15 a la calle de Edimburgo.

Mientras nos alistamos una mujer madura reza -rosario en mano- junto a la valla por donde ingresaremos. Va sola, lleva puesto un cubrebocas, carga su bolsa y una pizarra con hojas de oraciones. "Pertenecemos a la iglesia que está aquí cerca, nos distribuimos en la colonia", explica. "Rezo por todos: por los que murieron, los heridos, los sobrevivientes, los que siguen bajo los escombros, los que perdieron su familia, sus bienes y por los brigadistas que están trabajando aquí". La claridad de su larga lista me deja en silencio. "¿Tú cómo te llamas? Para también rezar por ti, ya van a entrar ¿verdad? ¿Me permites regalarte una estampita de la Sagrada Familia? Guárdala, ya está bendita".

ERIKA FLORES

Los pedazos de vida de quienes pudimos ser nosotros

La vida sale en cubetas. Esta mezclada con escombros, trozos de varilla, loza y tierra. Pasan por mis manos con algunos pedazos de discos compactos, películas, algún trozo de tela o vestido. "Ayer me tocó algunas que iban con pedazos de fotografías", dice mi compañero de al lado. En realidad son pocas las cubetas que cargamos con fragmentos de la vida de alguien, pero son justamente esas las que más pesan. Lo mismo cuando en lugar de una cubeta con escombro, pasan por nuestras manos pedazos de una puerta blanca, un cancel de aluminio, pedazos de piso plástico; todos, trozos de la casa de alguien. Si tan solo pudieran hablar.

Peppa Pig me mira arrumbada desde un carrito de súper. Esta sucia a pesar de que alguien tuvo la bondad de desempolvarla; acompañada por otros muñecos espera algo o alguien. No es la única. En la esquina cercana, en una cubeta, espera en iguales condiciones un oso de peluche, una muñeca vestida de color morado, algunas piezas de lo que quizás fue un robot y prendas de ropa. Un equipo de mujeres de la Policía Federal les cuida.

Pasan por mis manos con algunos pedazos de discos compactos, películas, algún trozo de tela o vestido.

"¿Para dónde van?", pregunto. "Un grupo de vecinos los recolecta por si alguien viene a preguntar por ellos". Frente a mi pasa una mujer con dos trajes de caballero dentro de una funda Hugo Boss ¿De verdad? ¿Es posible que alguien intente recuperarlos? Y si no es así, ¿Quién podría quedárselos, venderlos, regalarlos o entregarlos a sus propios hijos?

La fila donde me encuentro se ubica a 25 metros del derrumbe, por momentos avanzo conforme los brigadistas se cansan y salen de la fila. Si el paso de cubetas es incesante, significa que los marinos -mazo en mano- han roto ya la mayor parte de las enormes piezas de concreto que las grúas retiraron del edificio caído; en este caso fue un conjunto de departamentos de seis pisos más un penthouse. Pero si las cubetas dejan de pasar significa que aún no han logrado romper el trozo de loza retirado.

Por precaución debes comunicar al de al lado (conforme pasas las cubetas), si ésta es pesada y qué llevan dentro ¿piedra, varilla, clavos? El último de la fila las entregará al grupo de hombres que se encuentra arriba de un camión de materiales; ellos desocuparán las cubetas para entregarlas vacías a la fila de mujeres que por alguna razón no puede cargas cosas pesadas. De mano en mano las devolverán a los marinos que volverán a llenarlas para que, de nuevo, pasen llenas por mis manos.

Según lo que nos han enseñado, esto no es un desastre, sino una emergencia mayor porque, aunque el temblor dejó resultados graves, no rebasó la capacidad de respuesta del país".

Durante un momento de reposo miro a mi alrededor; lo mismo hay mexicanos que extranjeros. Platico con una joven rescatista mexiquense que cursa un diplomado de desastres en Cuba. "Según lo que nos han enseñado, esto no es un desastre, sino una emergencia mayor porque, aunque el temblor dejó resultados graves, no rebasó la capacidad de respuesta del país", explica. Me suena razonable. "De hecho en estos casos debería ser la propia comunidad o estado quien responda, para evitar el traslado masivo de gente de un lugar a otro. Lo mismo aplica para la ayuda: ropa, medicinas, víveres".

Los rescatistas alemanes llegan al lugar, pero no veo a sus perros. Se mantienen a distancia, luego por alguna razón se van ¿Será que ya no hay cuerpos que sacar de aquí? Y mientras se alejan, un camión de cascajo es cargado con trozos de loza que no fue posible poner en cubetas. Por casualidad (¿o destino?) lleva grabada una frase en el medallón del parabrisas y yo la puedo leer desde mi fila aunque quizás a nadie más le llame la atención. Y dice "Primero Dios".

ERIKA FLORES