MÉXICO

#Los4milOlvidados: Del dalái lama al infierno

Francisco González Domínguez revela a HuffPost México que durante su estancia en las calles y los albergues de CDMX fue víctima y testigo del maltrato al que son sometidos los indigentes.

31/08/2017 4:20 AM CDT | Actualizado 31/08/2017 9:15 AM CDT
Daniel Hernández
Francisco González Domínguez cuenta que cuando vives en un albergue se vuelve normal comer entre las heces y orines de los compañeros, los cuales piensan morir ahí, porque creen que ahí están bien.

Ni en su "viaje" más potente de mona, Francisco se imaginó que conocería al líder espiritual budista, el dalái lama. Acababa de fumarse un "porro" junto a su maestro de herrería para poder soportar el vértigo de estar a 34 metros de altura, cuando un helicóptero descendió cerca de la Gran Stupa Bön, en Valle de Bravo.

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Francisco y su maestro no prestaron mayor atención, pues debían terminar algunos detalles de la cúpula; sin embargo, fueron interrumpidos porque uno de los pasajeros de la aeronave pidió saludar a quienes trabajaban desde las alturas.

"Tuve el gusto de conocer al dalái lama en un templo en Valle de Bravo. Hicimos su monasterio. Tienen uno en Torreón y otro en Valle, en éste lo conocimos. Nos gritaron para que nos acercáramos a donde acababa de llegar el helicóptero.

"Me saludó de mano el señor (dalái lama), y no a todos, nada más a mi maestro, a mí, al arquitecto y a uno que otro ingeniero. Le dio gusto convivir con nosotros", recuerda Francisco González Domínguez, de 40 años de edad, quien tiempo después de aquel memorable momento, terminó viviendo en situación de calle.

Sumido en la depresión causada por una ruptura amorosa y la muerte de su "jefecita", González Domínguez, originario de La Marquesa, Estado de México, emigró hace 7 años a Ciudad de México, donde no solo encontró "mucha maldad y maltrato" en los albergues, sino que a lo largo de su estancia en las calles sufrió la indiferencia y el desprecio de la gente.

En un pequeño cuarto que renta por 40 pesos el día, cerca del metro Apatlaco, comparte con el HuffPost México que en el CAIS Coruña, donde vivió hasta 2015, era lo mismo y hasta peor. Explica que el trato por parte del personal es "denigrante" y que aunque cuentan con comida, baños, regaderas, y un lugar para dormir, la gente y el ambiente provocan mucho temor físico y espiritual.

"Las regaderas no tienen manija. En lugar de eso, tienen un clavo atravesado o ya no hay regadera. La misma banda se la roba y la vende en las chácharas. Hay agua, pero no te la dan diario, o en la madrugada y el agua está helada. Es bajo tu propio riesgo si te bañas".

Describe que dentro del menú "comestible", hay frijoles, pollo, res, cerdo, salchicha, mortadela, verduras, té de jamaica y pan rezagado de La Espiga o Esperanza, pero que muchas veces terminó enfermando del estómago, puesto que en ocasiones, los trozos de carne estaban demasiado gruesos y crudos. Ir al baño, también se había convertido en un verdadero suplicio.

Manual de supervivencia

En su intento por dejar de sentir depresión e inmensa soledad, Francisco se hizo adicto a las drogas y al alcohol, pero logró superarlos pronto ante su deseo de abandonar aquel estilo de vida en el que dice, se vuelve normal comer entre las heces y orines de los compañeros, los cuales piensan morir ahí, porque creen que ahí están bien.

Asegura que el servicio médico no es profesional y que lejos de ofrecer un seguimiento a cada paciente, tan solo se limitan en dar una pastilla para medio calmar el dolor, por lo que él se protegía como podía. Incluso, de las chinches y las cucarachas.

Molesto, describe que cuando se trataba de acudir con el psicólogo, muchos de los terapeutas evadían dar un servicio si el caso no les interesaba y lo primero que les cuestionaban era "¿cuántas piedras llevas? ¿Cuántas monas?", sin abordar antes los dolores emocionales y las causas que lo llevaron a estar en ese lugar, el cual asegura "es una cárcel, solo que en el albergue puedes salir".

¿Cómo no perder la cordura?

Lo que más lastimó a Francisco no fue el haber estado dos veces en prisión, sino el desprecio de la gente. Asevera que aún no puede comprender cómo es que alguien sea capaz de expresarse de ese modo, pero argumenta que nunca perdió la fe en que pronto saldría de su depresión y que encontraría la fortaleza y confianza que necesitaba para salir de ese abismo.

"El sentido de humanidad es más palpable cuando estás en la calle. Ver cómo a la gente la dejan morir, cómo mueren, cómo se autodestruyen y que a nadie le preocupa. Esa situación fue lo que me obligó también a quererme, valorarme...porque si yo hubiera seguido por donde estaba, ya no estuviera o lo estuviera tal vez peor de lo que estoy".

Por ello aprendió a sacar lo mejor de cada cosa. Reconoce que dentro del gobierno capitalino, también se prestan servicios para que quien lo desee, pueda concluir sus estudios. Ahora cuenta con la primaria, secundaria, algunos cursos de inglés, francés, fotografía y cocina. Ya solo espera juntar lo antes posible el dinero que necesita para poder sacar su certificado de preparatoria.

Pese a lo que ha padecido, Francisco reflexiona que durante estos años, la vida le ha enseñado que el dar no empobrece y que lo más valioso no es el dinero, sino la paz interior.

¡Qué transa, mi valedor!

Dejando atrás la más extrema soledad, la brutalidad de la calle y el "ser invisible para la gente", Francisco comenta entusiasmado que tiene la firme convicción de ser un gran chef bilingüe y abrir su propio restaurante. Anhela difundir el sazón heredado de su madre y ayudar a gente en situación de calle, como hicieron con él.

Desde hace 2 años, trabaja como vendedor de revistas en Mi Valedor, un proyecto que llegó a México hace 3 años como una herramienta de inclusión social para personas que viven en situación de calle o en exclusión laboral en CDMX.

Daniel Hernández

En entrevista, Paula García, coordinadora de comunicación y textos en la revista, platica que el proyecto encabezado por María Portilla está basado en The Big Issue, la primera revista de la Red Internacional de Periódicos Callejeros (INSP), una organización que apoya a más de 100 publicaciones en 35 países.

Mi Valedor solo se vende en la delegación Cuauhtémoc, pero se tiene la intención de replicar el modelo en las otras delegaciones e incluso en otras entidades. Para ello, se han acercado al gobierno capitalino, sin embargo, solo se ha quedado "en veremos".

"La idea es expandir el proyecto a otros estados. Nosotros nos hemos acercado al gobierno, pero no ha prosperado. Solo se ha quedado en veremos, aunque ayudan con los permisos para que los valedores puedan vender en la delegación".

Daniel Hernández

La revista que se publica cada 2 meses con contenido enfocado, principalmente, en el arte y fotografía chilangos, cuenta con al menos 17 patrocinadores, entre los que destacan las fundaciones Telmex, Cinépolis, Femsa, Levis, Street Soccer México, Ambulante, Time Out, Museo Tamayo, entre otros.

Los "valedores" son auxiliados con 15 pesos, solo si venden la publicación.

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