UN MUNDO MEJOR

Frases inolvidables de las abuelas

Ellas tienen la boca llena de razón y experiencia.

20/04/2017 1:07 PM CDT | Actualizado 20/04/2017 3:43 PM CDT
tommasolizzul via Getty Images

Dichosa la persona que conoció a sus abuelos tanto de la rama paterna como de la materna; sin embargo, independientemente si los recuerdas o no —porque es viable que chichis para arriba mientras eras un bebé sin memoria—, es casi seguro que a alguno conociste: son seres que vomitan sabiduría, pero de aquella sólo adquirida con el paso de las décadas.

Seguramente los padres de tus padres ocuparon un lugar en esas añejas generaciones que destilaban niños sin ton ni son: parece que los hombres, exclusivamente, se dedicaban a pensar con la cabeza... y las mujeres a prender el boiler. Pero tanto chamaco desarrapado trajo consigo experiencias, conocimientos, frases y hechos que la memoria con sabor a melancolía no logrará olvidar jamás.

Guárdate esas lágrimas para cuando me muera, hijo de la chingada (sin importar si brotaste del vientre de su hija).

Deja de hacerte pato (una extraña y horrible condición que afecta a todas aquellas personas que son huevonas, que se hacen las que no escuchan o las que no ven una situación obvia que amenaza su integridad física, emocional o económica)".

Cuando uno cruza por aquella etapa pueril, o de la pubertad o de la adolescencia —y esto le sucedió a un gran contingente de la humanidad—, cometemos la terrible aberración de creer que las abuelas son taradas, que nacieron ayer y que, a lo sumo, todavía se chupan el dedo:

¡Uuuuuyyy, hijo! Cuando tú apenas vas, yo ya vine, regresé dos veces, y si quieres, hasta te acompaño": manera tan elegante de ahorrarse el calificativo de «pendejo», aunque demoraran más en emitir la elevada frase".

De seguro eres perita en dulce, cabrón: cuando te quejabas de alguien más.

A pesar de los improperios lanzados de sus venenosas pero duras y sinceras bocas, sus palabras nunca sabían a groserías ni estaban cargadas con fines meramente ofensivos. A parte, tomando en cuenta que la mayoría de ellas carecía de una educación elemental, sus análisis de las conversaciones y situaciones del día a día eran tan atinadas y lúcidas que los celos corroían por no poder pensar igual.

Cuando la edad de la fiesta, de amigos, de novios, te alcanzó, y tus tiempos de visita disminuyeron paulatinamente, cada vez que te veía no dudaba en bañarte con un «¿y ese milagro»? «Aquí no es hotel, ¿eh»? «¿A poco todavía paseas aquí? Como te la vives todo el día con tus amigotes» o, en su defecto, con tu «mueble, ni cuenta me di de tu ausencia»: era la manera de decir que te extrañaban.

Experiencia, dominio y maestría del lenguaje y un amor incondicional, ¿cómo no amarlos?

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