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Estos son los momentos de la caída de Aleppo que jamás olvidaré

No miré hacia atrás cuando salimos por fin. No veo la devastación y desmantelamiento de la ciudad que alguna vez conocí. No le digo adiós…no quiero hacerlo.

18/03/2017 1:17 PM CST | Actualizado 18/03/2017 3:49 PM CST
Omar Sanadiki / Reuters

IDLIB, Siria.- Han pasado seis años desde el levantamiento de 2011 que azotó a mi país y descarriló mi aparente vida normal. Seis años desde que terminaron los días en que iba a la universidad como cualquier otro estudiante. Y cada día que pasa veo las reacciones del mundo ante la caída de Siria, la caída de mi nación.

No tengo idea de dónde voy a vivir. Luego de las evacuaciones, me vine a Idlib, no muy lejos de Aleppo. Pero los recuerdos de la ciudad a la que llamaba hogar, muy conocida ahora en todo el mundo, van más allá de la tragedia que vi con su caída hace un poco más de un mes.

Yo nací y crecí en Idlib, así que estar acá podría parecer normal. Aleppo era la ciudad de mi madre y yo pasaba los veranos en la casa de mi abuelo en la parte vieja de la ciudad, una parte encantadora e histórica que hizo que me enamorara del lugar de manera que nunca imaginé. Así que cuando me gradué de la prepa, de inmediato empaqué mis cosas y me mudé a la gran ciudad para estudiar. Nunca creí que terminaría de vuelta en Idlib, escoltada en un convoy desde mi nueva casa a la vieja.

Aleppo, junio de 2010. Son las 9:30 de la noche y con la suave y fresca brisa, un grupo de estudiantes sirios y japoneses nos movemos por esta hermosa ciudad que es nuestro nuevo hogar, o por lo menos por ahora. Somos muy ruidosas, nos reímos con ganas mientras discurrimos por las calles estrechas de la vieja ciudad de Aleppo, el mismo lugar en el que de niña pasé mis veranos.

Las tiendas ya están cerrando en el viejo zoco de la ciudad mientras nosotros pisamos las piedras que alguien colocó en estas antiguas calles hace cientos de años.

La luna sonríe arriba de nuestras cabezas, los edificios crujen y murmuran. Este lugar cuenta su historia en cada aroma. Y cada vez que nos alejamos de aquí, de estas noches de verano, de los recuerdos que eran nuestra realidad, nuestros corazones se rompen un poquito más.

Junio de 2011. Estoy corriendo mucho más rápido de lo que solía hacer. No siento mis piernas. Todo lo que quiero es esconderme de estos monstruos, el grupo de choque del régimen conocido como la Shabiha.

Nos rodearon a los que cantábamos el himno nacional en protesta durante una manifestación en contra del régimen cerca de la universidad. Y el canto resuena en mi cabeza mientras corro. Mi corazón late fuerte y alto y sé que si me detengo ya no podré retomar el paso. Ellos me persiguen en auto y lo único que puedo hacer es seguir corriendo. A cada paso que doy en el pavimento, el himno nacional suena más fuerte.

Me siento más cansada. No sé cuánto tiempo he estado corriendo, pero sé que ya no puedo seguir. Encuentro un portal y me siento a salvo ya que nadie me ve aquí. Toco y le ruego al anciano que abrió una puerta que me deje entrar, pero me azota la puerta en la nariz. Comienzo a gritarle y a golpear la puerta lo más fuerte que puedo rogando que me deje entrar. No queda nada por hacer. Y entonces, una puerta se azota detrás de mí. Me paralizo mientras los de la Shabiha me rodean y lo siguiente que sé es que estoy en una de las prisiones del presidente Bashar Assad. Ahí paso la noche prisionera, sin saber qué me pasará.

Septiembre de 2011. Estoy de vuelta en la universidad, sentada en un escritorio en mi último examen del semestre. Una mujer joven, desconocida, afuera de la sala de exámenes me espera. Me sonríe cuando salgo del salón. Me detiene y pide hablar conmigo un par de minutos. Se lo concedo mientras pienso: "Yo creo que está bien, debe ser otra estudiante".

Entonces me lleva a la oficina en el campus del partido Baaz. Este era el único partido político en Siria. Era el partido del régimen. La chica abre la puerta y vemos a un hombre sentado en un escritorio.

"Por favor, toma asiento", me dice la chica mientras ella se sienta en una silla frente a mí luego de cerrar la puerta.

El hombre se sienta junto a ella y me pregunta: "¿Sabes quién soy?"

"Perdón", le digo. "Pero, ¿qué se le ofrece?"

- via Getty Images
FOTO: Los estudiantes universitarios sirios se reúnen el 2 de octubre de 2012 en la entrada del campus universitario de Aleppo, ya que las universidades están funcionando a pesar del conflicto en curso entre los combatientes rebeldes y las fuerzas del gobierno sirio.

"Mira, querida. Voy a ser claro y directo: tengo entendido que estás participando o estás planeando una manifestación en contra del régimen, y otras cosas turbias que podrían afectar nuestra seguridad nacional, y yo puedo expulsarte con sólo mover mi pluma. Te borraría de la universidad y ya no existirías en el futuro".

Como estudiante, no podía decir mucho más, así que sólo lo dejé hablar. Eso es todo lo que podía hacer para estar segura y seguir en clases hasta la graduación. No quiero terminar como algunos de mis compañeros, de vuelta a las manos de las fuerzas de seguridad del régimen. Muchos estudiantes han sido víctimas de amenazas en la universidad. A muchos los han arrestado en el campus, algunos por profesores que simpatizan con el régimen. No tenemos la libertad para decir qué es lo que queremos. No se respeta la vida, no hay valores humanos.

Enero 15 de 2013. Ya pasaron dos años desde que la ciudad quedó partida en dos. Yo vivo en la parte occidental, bajo control del régimen.

Hay bombardeos aéreos sobre la parte este de la ciudad (dominada por el Ejército Libre Sirio, la resistencia armada en contra del régimen de Assad). En 2012 comenzamos a manifestarnos en la universidad de Aleppo, que se encuentra en la parte que controla el régimen. En mayo de ese año, en la escuela hubo una de las protestas más grandes de la ciudad.

Me encuentro en la universidad en mi primer examen del semestre. Es un día soleado y, como cualquier otro estudiante, me preocupo por terminar mi prueba a tiempo. De pronto, mi examen quedó cubierto por el polvo y la ventana que está junto a mí se convierte en arenisca. Levanto mi cabeza y busco aterrada a mi amiga para ver si sigue con vida.

Un ataque aéreo pega a 10 metros de nuestro edificio. Es un duro mensaje que el régimen nos manda: Si continúan sus protestas en nuestra región, pidiendo libertad, este será su destino. Ese día negro en la historia de Siria es algo que no olvidaré.

Khalil Ashawi / Reuters

Septiembre de 2014. El este de Aleppo es ahora la ciudad más peligrosa del mundo. Los ataques son cada vez más frecuentes y mi compañera de cuarto está muy enferma. La he estado cuidando toda la noche. Pero no sirve de nada, pues su condición empeora. Estamos solas, nada más ella y yo. Mi celular no funciona. El régimen cortó la electricidad hace mucho tiempo.

Los helicópteros de Assad atiborran el cielo y bombardean por todas partes. No tengo de otra más que ayudarla a vestirse, con los estruendos de las bombas cada vez más cercanos. Salimos corriendo a la calle y trato de parar algún auto para que nos lleve al hospital más cercano. Y llegamos justo a tiempo para salvar su vida.

Agosto de 2015. Llevo dos meses de casada. Es muy de mañana y estoy acostada en la sala con mi esposo. Los ruidos de los aviones y los bombardeos son horribles y nos aterrorizan. De pronto, el estruendo de los aviones está encima nuestro. Hay gente en las calles gritando: "Cuidado, están lanzando bombas de barril". Parece que vivimos nuestros últimos momentos. Abrazo a Yusuf, mi esposo, lo más fuerte que puedo y entonces sentimos el golpe. El edificio tiembla y la presión de la fuerza es increíble. Es una bomba de barril que cayó apenas a 30 metros de donde estamos. Nos sentamos en shock y sonreímos al darnos cuenta de que, de nuevo, escapamos a la muerte.

Octubre de 2016. Estoy haciendo café con leña porque nos quedamos sin gas. Me siento en una silla mientras sorbo este tesoro como si fuera una reina. Luego de varios meses de sitio es muy difícil hallar café en la ciudad.

El olor a muerte llega de todas partes. Sigo escuchando el rugido de los aviones del régimen y de Rusia volando por el cielo y pienso: "¿A quién le toca?"

Pero también hay otro olor. El olor de la resistencia. El olor de las llantas ardiendo, las cuales se utilizan para bloquear el movimiento de los aviones que sobrevuelan la ciudad. El humo de estos incendios los distrae y vuelve segura a la ciudad.

Noviembre de 2016. Todos los hospitales fueron bombardeados. Ya no reconozco a las calles por las que caminaba ni de día. El único hospital que queda apenas y funciona. No se puede ver el piso porque está cubierto de tierra y sangre.

Las calles por las que caminaba están irreconocibles.

Ali Hashisho / Reuters
FOTO: Una mujer lleva el pan a través de una calle dañada en Aleppo, Siria, el 30 de enero de 2017.

En la casa empaco mis cosas en caso de emergencia. El ejército podría avanzar en cualquier momento y necesito estar lista para salir. Hay ataques aéreos por todas partes y las balas caen como lluvia sobre mi barrio, cerca de una de las líneas del frente. Puedo escuchar el fragor de los combates desde mi casa.

Los días y las noches pasan sin poder distinguirlas. Dormimos apenas unas horas, cuando ya sentimos que no podemos más. No importa en dónde nos agarre el sueño. La cama, el sofá, una silla...

Me aterra que mucha gente haya muerto. Me aterra que me pase lo mismo en cualquier momento. Me paso algunas noches esperando despertar y encontrar que esta pesadilla acabó de milagro. Algunas veces, dudo que esté viva. Pero cada vez que alguna bomba estalla, el estruendo me trae de vuelta a la realidad.

Diciembre de 2016. Estoy acostada en el sofá de mi casa. El único ruido que llega es el de las bombas que caen afuera y el silencio de la muerte.

Me levanto y pongo algo de leña en la chimenea y espero que mi esposo regrese. No hay internet, no hay manera de llamar a nadie, ni noticias sobre el mundo que parece colapsarse sobre nosotros. Me duermo esperando. Y no lo sabía, pero esta será la última noche que pasaré en mi casa en Aleppo.

Me despierta la voz de un hombre afuera que grita a su amigo: "Las fuerzas de Assad avanzaron hasta Bustan Al-Qasr (un barrio a menos de medio kilómetro de nosotros). Bustan Al-Qasr cayó en manos enemigas".

Mi esposo y yo nos vamos de inmediato. El próximo día estamos en el sótano de un edificio con muchas mujeres y niños que también escaparon de sus casas. Todos trajeron algo de comer de sus reservas. Yo no. No pensaba en comida cuando escapé. Lo único en que podía pensar era en que me podrían masacrar.

18 de diciembre de 2016. Luego de días de caos e incertidumbre, se anunció una tregua entre los rebeldes y las fuerzas de Assad. El acuerdo permite la evacuación de los civiles. Estamos en el tercer día de evacuaciones. La gente no tiene elección. Nunca se lo pensaron dos veces el dejar sus hogares. Ante tanta muerte, no importaba ya lo que todos querían.

Muchas casas están vacías. La gente se llevó sus cosas, quemó sus recuerdos, le dio un rápido adiós a la ciudad en la que vivieron. No tuvieron tiempo de pensar que esta sería la última vez que olerían sus hogares. Sólo se reunieron con los demás, a esperar la evacuación.

Hace unos días, unas 3,000 personas fueron evacuadas. Luego, las fuerzas de Assad detuvieron las evacuaciones. La gente se quedó esperando en un clima gélido.

Me salgo esta noche a ver cuál es la situación, a grabar en video lo que pueda. La calle está destruida. Completamente sola, a excepción de la gente desesperada que han prendido fuego a las tiendas vacías para calentarse mientras duermen. Quiero llorar mientras paso junto a ellos. Algunos llevan hasta tres días así, durmiendo donde pueden, comiendo lo que sea. ¿Por qué? ¿Para que los saquen a fuerza de sus casas, de su ciudad, por manos de su asesino y bajo la supervisión de todo el mundo?

22 de diciembre de 2016. Despertamos y vemos que la ciudad está cubierta por nieve. Antes me encantaba la nieve, pero ahora me da miedo. ¿Qué vamos a hacer si cancelan las evacuaciones? Esperamos todo el día que llegue una respuesta y, al atardecer, comienzan a sacarnos.

Nour Kelze / Reuters
Un niño juega con la nieve sobre los escombros de edificios colapsados en Aleppo el 12 de enero de 2015. Reuters/Nour Kelze.

Es mi último día en Aleppo, luego de 10 días que salí de mi casa. Nos dijeron que tenemos la opción de salir hoy en nuestros autos junto con los convoyes finales de gente evacuada. Hemos estado esperando salir desde hace más de 36 horas.

Tras saber la noche previa que tendríamos que amanecer en la ciudad, un amigo de mi esposo (que es miembro de las fuerzas rebeldes, nos encuentra un lugar para pasar la noche. No hay señal de celular ni internet. La gente quema lo que sea para mantenerse caliente.

Las paredes de la habitación están cubiertas con escrituras y un pequeño fuego nos da calor. No hay agua limpia ni alimentos, así que un pequeño grupo de rebeldes arriesga sus vidas para salir a las calles vacías sin saber si las fuerzas de Assad andan allá o no. Somos muy afortunados por haber encontrado este refugio en la oscura y fría noche. Luego de años de tumulto y de días que tuvimos que dormir en el auto, este lugar es como un palacio.

No miré hacia atrás cuando salimos por fin. No veo la devastación y desmantelamiento de la ciudad que alguna vez conocí. No le digo adiós... no quiero hacerlo. Al alejarnos de Aleppo, pareciera que el tiempo se detiene, completamente. Eventualmente, ya que dejamos la ciudad, el tiempo para. Nunca he conocido el tiempo sin mi ciudad y no sé si todo volverá a ser igual.

Febrero, 2017. Antes veía a la gente en Aleppo como si fueran árboles, plantados en la tierra. Algunos de los árboles ardieron, a otros los cortaron, y muchos de los que quedaron vivos los trasplantaron. Eso nos rompe el corazón. Soñábamos en un mejor futuro para Siria y los sirios cuando nos rebelamos al régimen de Assad, y ahora todo lo que nos queda es muerte y destrucción.

SAMEER AL-DOUMY via Getty Images
Un hombre sirio corta un árbol para leña que se usa para calentar y cocinar el 3 de diciembre de 2016 en la ciudad de Hazrma, en las afueras de Damasco. AFP/Sameer Al-Doumy.

Pero sé que Aleppo siempre estará en las vidas de los que fuimos desplazados por la fuerza, y si bien eso me reconforta, me rompe el corazón saber que la pérdida de nuestra ciudad no significa que la opresión haya terminado. Muchos de los residentes de Aleppo, de antes y de ahora, siguen oprimidos por el régimen de Assad y bajo la continua amenaza de la brutalidad de las fuerzas de Assad y de Rusia.

Nuestros sueños no se hicieron realidad en las áreas liberadas. Cometimos muchos errores. Como revolucionarios, tenemos que pedir perdón a nuestro pueblo, por la oportunidad que perdimos para obtener un mejor futuro para todos. Pero mientras sigamos con vida, seguiremos en la pelea, en esta gran revolución, por nuestros derechos de vivir con libertad, dignidad y justicia.

Mi ciudad es una de las que por más tiempo han estado habitadas desde la antigüedad. Si esto significa algo es porque la gente mantiene un amor eterno por este lugar y su vida. Aleppo es el corazón musical de Siria: una ciudad llena de alegría y felicidad que no se rendirá a la opresión. Creo en mi gente y creo que hallarán una manera de ser libres. Y con cada encuentro cercano con la muerte, mi convicción en esta causa y mi fe en la gente simplemente crecerá.

Este artículo fue escrito por Lina Shamy y se publicó originalmente en The Huffington Post.

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